Lo duro es aceptar un error, después ser consciente de ello, examinar las posibilidades que ofrece la equivocación y querer aguantar un tsunami de lágrimas. Peor aún es que ese tsunami fluya por entero a lo largo del cuerpo y devaste completamente la aparente tranquilidad y, cuando por fin crees que tras reprimirlo saldrá con todo su potencial y arrasará barreras y barreras de pañuelos, entonces el agua se calma y así permanece, estancada e inundando parcelas y parcelas. Lloras entonces para dentro, donde el rímel no se corre, pero donde se alimenta más la pena.
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