jueves, 4 de abril de 2013

Nightmares


El alivio sería instantáneo y hermoso si no tiñesen más de negro esa gran nube oscura que parece no querer salir de mi pecho ni de mi cerebro, esa niebla que hace sentirlo y verlo todo como un mal sueño, como una pesadilla en la que tú mismo te torturas, en la que consciente de que lo haces, te auto consumes hasta matar todo el apego que alguna vez sentiste por ti mismo. Ese dolor tan fuerte, como si drenasen tu sangre y rellenasen cada vaso sanguíneo con nitrógeno líquido, vuelve a aparecer.
Es horrible cuando todos creen que has dejado de buscar la felicidad, porque realmente sabes que la única manera de lograrla es haciendo aquello que los demás consideran rendirse. ¿Quién lleva razón en una discusión en la que ningún interventor habla el mismo idioma?


Control.

Todo el mundo ha tenido, y puede que quizá siga teniendo, algo en lo que apoyarse para sentirse seguro de sí mismo, para sentir que el mundo en realidad rota de tal manera que no nos enteramos, que ese mareo, ese abatimiento y esa desorientación son solo producto de nuestra imaginación.
Respira.
Piensas en ello, te resguardas en ese sentimiento que te sirve como brújula, que te guía cuando estas perdido, que te calma si ya has sabido dominar el arte de dejarte calmar.
Respira.
Lo tienes todo bajo control.
Hay sin embargo unos escudos que utilizamos de manera indebida, que desintegran la espontaneidad. El control. Controlar el tener control. Tenerlo todo perfectamente calculado, milimetrado, tener una precisión casi mágica en todas las acciones que llevas a cabo en cualquier ámbito. Por desgracia, hay factores que se escapan al control de cualquier persona, hechos completamente azarosos que no dejan lugar a la maniática manipulación de aquellos que quieren acotar a la caprichosa vida.
¿Qué sentirán estas personas cuando todo se les escapa de las manos? ¿Cuando su propia conducta deja de seguir esas leyes estrictas que su razón marcaba? Cuando lo único que controlas es el respirar...
¿Qué queda entonces? Desesperación. Descontrol. Su razón de luchar, su bálsamo para las adversidades, su vida, se les escapa.
Precisamente la vida es impredecible. Nadie puede controlar cuándo vivir. Solo aquello sobre lo que se tenga poder se es capaz de manipular, solo ello puede devolver la tranquilidad y solo hay una cosa que puede ser controlada: la muerte.

viernes, 18 de enero de 2013

Appetite for destruction.

Miró la reluciente punta de su cuchillo. Miró a su pierna por un momento. Se imaginó cómo la sangre correría rápidamente como un río desbordado por la ropa y encharcaría el suelo. Sangre. Miró su brazo descubierto. Se imaginó la piel separarse al paso del filo de su arma, cómo la carne quedaría al descubierto, cómo los vasos sanguíneos se romperían por la mitad, dejando brotar el líquido rojo. Sangre. No reprimió el escalofrío de excitación que la inundó. Sangre. Llevaba tiempo pensándolo y anhelaba sentir cómo su cuerpo se iría secando. Lo deseaba.
Posó el acero en vertical sobre el antebrazo izquierdo. Primero realizó un corte superficial, rápido, de unos pocos centímetros de tamaño. Unas gotas de sangre comenzaron a brotar urgentemente. Sangre. Sonrió.
Esta vez clavó con más saña el cuchillo en su carne, provocando un corte profundo que excitó todas las células nerviosas de su organismo y la hizo apretar los dientes de puro dolor. La sangre salía, corría sin parar, con prisa. No se detuvo, continuó mutilando su sistema de riego sanguíneo hasta que el charco de sangre era considerable y su debilidad tal que perdió el conocimiento.
Por fin había encontrado la valentía para hacerlo. Mucho tiempo llevaba planeando este momento y cuando reunió el valor necesario, llevó a cabo su plan. Y estaba feliz.

Just tonight.


Volvió a coger el vaso de Whisky con mano temblorosa. Arrugada y temblorosa. Temblorosa por el paso de los años, por los achaques de la edad y por algún que otro vicio inmoral y para nada oculto. Bien era conocida su afición por el alcohol, la política, la literatura y las mujeres. Sí, la verdad es que hasta que no pasó su juventud no decidió, como suele decirse, asentar cabeza (aunque una vez llegado a la edad considerada adulta, le pegaba demasiado la palabra adulterio). El mundo estaba lleno de placeres que para nada se quería perder.
Tragó la bebida y tras un largo suspiro se quedó mirando fijamente el contenido del vidrio. Vio los hielos flotar, a la deriva (como su vida había navegado siempre).
Sinceramente, estaba allí por recuperar viejas costumbres, pero también, para recapacitar. Pensar en aquel lugar era fácil, el ambiente estaba cargado de recuerdos, melancolías y se podía oler perfectamente la presencia del fracaso. De modo que en el lugar idóneo para dejarse llevar, comenzó a  echar la vista atrás unos cuantos años, rememorando, día tras día, la historia de su vida.
Cierto era que nunca había sido una persona convencional, es decir, hizo siempre lo que le dio la gana (aunque bien es cierto que hubiese sonado mejor catalogarle como un alma libre, en realidad, era un jodido cafre imprudente, con perdón de la utilización de adjetivos inapropiados) pero bastó con encontrar simplemente alguien que consiguiese hacerle frente y no, no me refiero a que recibiese la paliza que seguramente se habría merecido. Digamos que su vida escolar resultó bastante corta, aunque desde luego, nunca se arrepintió de ello, pues le sobraba intuición y buena maña para acabar con lo que se planteaba.
Los nervios se le agolpaban en la garganta como si hubiera tragado una pelota de tenis mientras se calzaba. Aunque iba con una hora de adelanto había decidido que en aquel lugar del que todos decían que era su hogar, no iba a conseguir relajarse.
No sabía si eran los gritos de dolor -¿o eran de placer?- de su hermana en la habitación contigua o las interminables discusiones del viejo matrimonio que vivía en el piso contiguo que se oían, desgraciadamente demasiado bien, gracias a las paredes de papel que alguna constructora corrupta había levantado.
Él sólo sabía que tenía que huir de ese lugar lo antes posible: no estaba dispuesto a aguantar otro día conviviendo entre porquería e inmundicia, soportando los interminables lamentos de su padre, aunque estuvieran amortiguados por el alto volumen de la vieja televisión en blanco y negro; ni los berridos de su madre incitándole a irse a pedir limosna por las calles malolientes de aquel barrio donde vivían.
Finalmente se armó de valor y, sin mirar atrás, salió del piso cerrando tras de sí la puerta para no oír los chillidos de su hermana, con tal mala suerte que se clavó una astilla en la mano. Mientras se chupaba el dedo con lágrimas en los ojos, salió por fin a la calle, rumbo al parque.
¿Qué edad tenía entonces? La suficiente para darse cuenta de su situación, la suficiente para sentir que algo no iba bien, para rendirse a la verdad, pero no ante la vida, por la que estaba dispuesto a luchar, a la que estaba dispuesto a cambiar. Sus inquietudes en cuanto a la vida eran nulas, así como sus remilgos. En cambio su memoria podría catalogarse como buena, es más, bastante buena, no en vano se acordaba de todas y cada una de las caras que había visto desfilar por el pasillo de entrada de su casa hasta la habitación de su hermana, a pesar de que tan solo les señalaba con indiferencia el camino.
¿Asco? En principio no, pero en más de una ocasión había tenido brotes de ira hacia uno de los sujetos, sin saber siquiera la razón de ello.
El dedo ya no dolía, ya no sangraba, y las lágrimas llevaban tiempo secas en la manga de su chaqueta.
Ella se arrodilló frente a él. Parecía tan frágil, tan pura… Ya casi no se acordaba del intenso color ámbar de sus ojos, sus graciosas pecas… Llevaba mucho sin mirarla a la cara, quién sabe si por vergüenza. Ambos se pusieron en pie sin cruzar aún una sola palabra. Había que volver y lo sabía por más que odiase admitirlo. Tampoco recordaba la última vez en que la barriga propia de la niñez había desaparecido, sus curvas mucho más definidas se veían marcadas por las estrechas costuras del vestido azul que llevaba puesto, sus pechos eran insinuantemente atractivos, buena herencia (única buena) por parte materna, el pelo era más largo de lo que lo recordaba y los rizos, que parecían haberse sentido amenazados, estaban recogidos en un alto moño despeinado, dejando su cuello totalmente descubierto. Su piel era tersa y prácticamente transparente. Estaba muy guapa, estaba muy madura y la sentía más deseable que nunca.
Su pregunta no obtuvo respuesta, pero en lugar de insistir, se fue a su habitación, donde por primera vez se encontraba sola. Mientras se dirigía a ella caminando por el pasillo su hermano se quedó embobado mirándola, mientras sentía que su virilidad se le agitaba dentro de sus pantalones, sin motivo aparente. Sólo reaccionó con el portazo de su hermana, agitando la cabeza ligeramente, como para desechar sus pensamientos, y con la intención de dormir, se fue a la cama.
Pronto empezaron a oírse gritos en la casa, el rumor habitual de cada jornada que llenaba el ambiente como una tormenta. Así era imposible dormir, así que comenzó a pensar lo que había pasado el día anterior. El hastío que sintió ahí tumbado le hizo recordar la razón por la que se había ido en primer lugar. Pero no se acordaba de por qué había vuelto. Entonces, un grito orgásmico proveniente de la habitación contigua se oyó e, instantáneamente su entrepierna se le endurecía de nuevo, sin que él pudiera comprender nada de lo que estaba pasando.

Las personas crecen y el parque ya no le reportaba la calma que cuando era un crío le daba. Es triste no tener a dónde ir pero también el no echar de menos lo que se deja atrás, a pesar de llevar tan solo unas horas deambulando por las calles.
No transcurrieron más de otras veintisiete horas hasta que su hermana le encontró sentado en el prado del jardín de la parte de atrás de la iglesia fumando un pitillo que había recogido del suelo. El humo quemaba, bien era cierto, pero a su cuerpo le gustaba la sensación de respirar un aire incluso más puro que el de su entorno.
La misma imaginación le hizo sufrir un escalofrío por toda la columna, pero sin rendirse a los malos tragos, se pidió otro vaso y siguió recordando con parsimonia todo aquello, recordando a su hermana y recordando el primer sentimiento de deseo que sintió.
Cuando llegaron a casa, se fijó en que su padre seguía en la misma posición frente a la caja boba, absorto en ella. No le importó, estaba acostumbrado y ya no podría imaginárselo de otra manera. Su hermana era la única que le prestaba atención de tanto en tanto, dándole incluso algo de dinero cuando podía. Aún así no hablaban mucho, nadie en esa casa lo hacía. Tampoco tenían por qué, la verdad, y no podían culparse entre ellos. Sin embargo, en aquel momento su hermana le dirigió unas palabras: ‘¿Por qué lo has hecho?’
Otro portazo le despertó de su sueño. ¿Qué hora era ya? Bah, qué más daba, total el día sería el mismo de siempre, la misma rutina aburrida. Ni siquiera merecía la pena levantarse, así que se quedó acostado.
Se retrasaba ya veinte minutos, pero la verdad es que esto no le forzaba a irse, para nada, llegó un momento en el que aprendió a convivir con los desajustes temporales, con los momentos eternos y los efímeros, llegó un momento en que, a pesar del tiempo, lo tenía todo bajo control y esta ocasión no era distinta. Nunca la había querido, según las opiniones externas. Por supuesto que la quería, aunque de otra forma, es más la necesitaba y lo sabía, por muy extraño que fuese el hecho de admitirlo, lo sabía porque él nunca había necesito a nadie hasta entonces, porque nunca necesitó a nadie más que a ella, de una forma u otra y ¿lo peor de todo? Llegaba tarde…
Todos esos recuerdos, a pesar de lo increíble de su naturaleza, nunca causaron estragos en su mente. Para él era algo completamente normal, era lo que siempre había vivido, aunque conocía perfectamente las leyes del decoro y la moral, que habrían vetado este comportamiento de cualquiera de las maneras posibles. Conocedor del asco y la crítica que suscitaría entre la gente esta anómala relación familiar, no quiso nunca, sin embargo, hacerle frente a sus deseos y refrenar esta conducta impropia de una persona racional y sensata. No solo él, ninguno de los dos fue jamás capaz de señalar un stop.
Quizá por ello, a pesar del tiempo y de todo lo que en la vida les había tocado vivir, con un retraso considerable, se presentó en el lugar de la cita. El tiempo pasa por todas las personas, no perdona, pero aunque las arrugas y la edad eran visibles, él seguía viendo en ella a aquella muchacha de pelo alborotado que había sido su salvavidas. El deseo no había desaparecido. Con paso firme, como siempre tuvo, se presentó delante de su hermano. Sin mediar palabra, sujetándose la mirada mutuamente, salieron del bar.
Bajo las luces de las farolas de la gran avenida que habían de recorrer hasta llegar a casa caminaban sin mirarse, sin tocarse aún. Las palabras no fueron necesarias una vez llegaron al piso. Quizá porque los dos compartían el mismo asco por el mundo, por la vida, quizá porque ninguno de los dos quería oir de boca del otro sus propios miedos, necesidades y tragedias.
Se dejaron llevar como los dos niños que aún sentían ser cuando estaban juntos, como aquellas criaturas que habían encontrado el uno en el otro la excusa para soportar el hastío de una vida que no sentían suya y que jamás les hizo sentir que merecía la pena.
Sabían que no estaba bien, por supuesto que lo sabían, pero no se le puede quitar la morfina a un enfermo terminal, pues es lo único que, por un tiempo le quita la idea del dolor, de la muerte, lo único que lo aleja del mundo de los cadáveres.
Hay clases de amor que no seremos capaces de comprender jamás si no nos encontramos en situación. Tal relación nunca tuvo nombre y tampoco intentaron buscarle una explicación, la evasión sería suficiente, sería lo único importante. 

Join the black parade.


Se subió al tren, sin mirar atrás, plenamente consciente de lo que abandonaba pero sin remordimientos por hacerlo. ¿Qué le quedaba ya? Inconscientemente miró de reojo el andén, a la espera de que alguien le detuviese, con la mínima esperanza de que una mano agarrase la suya y le hiciese volver, darle la esperanza que necesitaba para superarlo, para no abandonar. Por desgracia, no hubo tal gesto, ni tales palabras de ánimo, no había nada, no había nadie que diese el paso.  Como atraído por una fuerza magnética, imposible de librar, entró. Cogió asiento en una zona alejada. Era enorme, inacabable y estaba casi abarrotado. A pesar de ello, se respiraba paz y tranquilidad, nadie se fijaba en quien tenía a su lado, todos estaban absortos en su propio mundo y miraban al vacío con añoranza pero con la mirada inerte, lúcidamente mansa, como si les hubiesen liberado de alma y conciencia, como sintiendo por primera vez que conocían exactamente el rumbo de su futuro, como si adivinasen su destino. Las ruedas se pusieron en marcha. No hubo avisos de próximas paradas. No sabía donde pararía, pero sabía que estaría lejos. En su interior palpitaba la pena.  El exterior se convirtió en una homogeneidad de áridas tierras oscuras y el cielo se tornó negro, como si hubiese anochecido de repente. Las ruedas giraban y giraban. El mundo se movía. Aparentemente. Todo era igual y monótono. No así lo hacían las manecillas del reloj, que permanecían impasibles al rotar de la Tierra, que envararon en las doce y veintisiete. No tenía miedo, se iba para no volver, se movía en una dirección que imposibilitaba el regreso y aún así no intentó huir de ella. Cada vez se sentía más apaciguado, su corazón ya no latía desbocadamente y el aire entraba y salía de sus pulmones acompasada y silenciosamente, tanto, que nadie notaría que estaba respirando. Ni siquiera él lo notaba. Se sintió repentinamente inundado por la necesidad de recordar. Recordar sin más. Recuerdos tristes, felices, pero sobre todo, vividos. Se vio a sí mismo reflejado en el cristal de la ventanilla, vio su frente tersa, sus ojos apagados, su pálido rostro  y una lágrima que danzó por su nariz y rodó por su mejilla hasta caer a plomo sobre sus manos. Solo ella se rindió al recuerdo. Solo una lágrima. Una sola gota que pesaba como toneladas y toneladas de ellas, que cargaba con la memoria de toda una vida. Pensó  y se sorprendió admitiendo que hasta los detalles más insignificantes cobraban la importancia de los más notorios: Un beso en el momento adecuado, el abrazo de un amigo, la comida de mamá, el despertar junto a la persona que quieres, una casa, una mejor amiga, un nacimiento, un “te quiero papá”, el olor a tostadas con mantequilla y chocolate al despertar, el olor de un pijama nuevo, la sensación de frío al rozar con las sábanas en invierno, las cosquillas, la lluvia empapándote la ropa, un regalo en navidad, una felicitación de cumpleaños, las fotos de un viaje,  un escalofrío tras un beso en el cuello, un “te amo” susurrado, un orgasmo, un perfume, la ilusión de empezar un nuevo año junto a tu familia… Y a dos personas que dejas solas, las dos personas más importantes de tu vida y eso que una solo tiene tres añitos…
Y continuaría mirando por esa ventanilla, y el tiempo continuaría inmóvil y el viaje continuaría sin llegar nunca a su fin y él seguirá ahí, obnubilado con la mirada fija en un desolado paisaje del que sería imposible que aflorase una ligera pizca de vida. Y su pasado será desde ahora, por siempre, su presente, desde que no tiene posibilidad de futuro, desde que la muerte se lo negó.

Hate.


Vivía feliz, tranquila, sin más preocupación que aquella que sentía cada mañana al levantarse cuando pensaba qué ropa se pondría. Más pendiente de lo que dirían de ella que de sus propios problemas. Siempre intentando destacar por encima de los demás, ignorando la evidencia. Evitaba las miradas de la gente, no le gustaba ser observada pero sí ser el centro de atención. ¿Belleza? Realmente solemos alardear de aquello de lo que carecemos. ¿Por qué llegamos a perder nuestra identidad? ¿Dignidad? ¿Orgullo? Eso es algo innecesario, lo que importa es ser aceptado. Vivía engañada, en un mundo monotemático, siendo un clon más, sin opinión, sin ideas ni… seguramente sus sentimientos quedaron impregnando una vieja almohada, como aquel perfume con el que te acostabas cada noche, teniendo dulces sueños. ¿Qué sientes cuando nada importa? Pero… si estás muerto… ¿qué sientes cuando no tienes qué sentir? Nada de lo demás importa. Coleccionaba recuerdos colgados en la pared, enmarcados con llamativos colores, ahora polvorientos por sus pocas visitas. Arrepentida, cansada de todo y de todos, asqueada de sí misma. Demasiado harta como para querer cambiar nada. Necesita gritar; su voz no llega más lejos de las cuatro paredes de su casa, sus protestas no salen del salón. Quiere que la escuchen. Por primera vez quiere llevarle la contraria al mundo, revelarse contra sí misma, contra las personas realistas. Se ha equivocado. Ni ella misma reconoce su sombra… en lo más profundo de su conciencia lo piensa, pero no quiere reconocerlo; Admitirlo sería echar todo a perder pero… en el fondo sabe que ha sido tonta, muy tonta e inocente por querer dejar de ser una marioneta. ¿Por qué los problemas empiezan cuando empiezas a pensar por ti mismo? Mejor vivir con los ojos cerrados, hacer como te han enseñado desde pequeña: oír, ver y callar. Critica a los demás sin reconocer tus errores. A fin de cuentas, no siempre lo correcto es lo aconsejable. 

Love will tear us apart.


Tantos sueños, tantos planes, tanto tiempo soñando, ¿para qué? Para que de repente todo acabe, para que, por nuestros errores, por nuestros fallos, por nuestras niñerías, las cosas queden como antes, con nuestras vidas separadas, siguiendo caminos diferentes, como si no nos conociéramos de nada, como si esta historia nunca hubiera pasado. Y duele, duele recordar cómo pudieron haber sido las cosas y que por estar tan segura de tener algo y de que te vaya bien, y de pensar que podrás seguir igual sin él, cuando menos te lo esperes las cosas hayan cambiado y ya nada sea igual, y ahora haya quedado un pequeño vacío. Y aquellas canciones, aquellas tardes, aquellas noches hablando hasta madrugada, aquellos momentos juntos te recuerden otras épocas y te hacen sentir nostalgia, tanta tristeza y tanta alegría al mismo tiempo que te arrepientes, ¡sí! Puede ser. Puede ser que ya sea demasiado tarde para arrepentirse de lo no hecho, arrepentirse de no haber expresado sentimientos, de no haber luchado.
Pero cuando se pasan estos arrebatos vuelves a ver la realidad, consciente de lo que de verdad sientes y quieres abrirte la cabeza contra una pared.
Mierda.

Teenagers.


Es extraño cuando te pones a pensar, a recordar momentos de tu vida, cuando un día cualquiera decides hacer un viaje hacia ese tiempo en el que creías en que ésto no existía para ti, cuando simplemente se detenía o por desgracia  transcurría demasiado deprisa, una palabra caprichosa. Recapitulas, intentas comprender, asimilar por qué una sola persona puede cambiarte, tener el poder de manipular las cosas para alterar tus sentimientos. ¿Cómo puedes dejarte llevar por las palabras? ¿Por qué antes parecía tan fácil el no pensar, hacer las cosas sin temor a que saliesen mal y ahora es imposible pensar con el corazón? Seguro que algo había… sí, algo había, había…
Caminaba distraída por la calle, sin prestar atención a las cosas que sucedían a mi alrededor, con la mirada perdida, sin mirar en ninguna dirección concreta pero viendo a todas las personas que me rozaban con sus chaquetas y chubasqueros húmedos. Había comenzado a llover. Ni siquiera me había dado cuenta de ello y la verdad, no me importaba mojarme. A veces el sonido de las gotas de agua al golpearme las mangas de la sudadera me ayudaba a desconectar, tenían un significado un tanto especial para mí.
Con pasos rápidos llegué hasta una bocacalle y salí a un parque. Todo estaba solitario y las hojas secas del otoño rodaban en ruidosas carreras hasta alcanzar las alcantarillas, produciendo crujidos nerviosos. Atravesé la pista de fútbol, pisando los charcos que me obstaculizaban el camino. Me dejé caer sobre un viejo columpio, con cadenas oxidadas. Me balanceé con lentitud, exasperante lentitud. El viento despeinó mi melena y lanzó una lágrima al vacío, una lágrima helada, que produjo ondas al caer.
¿Y ahora por qué estaba llorando? Los llantos más dolorosos son los que no tienen significado, llorar por llorar, llorar por alguien, llorar para compadecerte de ti mismo.
Posé los pies en el suelo, en tierra firme, frenando súbitamente. No, no, no. Una silueta se dibujaba unos metros más allá pero la luz de la farola estaba estropeada, parpadeaba. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Quería correr, alejarme, ¡no quería que se acercara! Pero si lo hacía, estaría corroborando lo que no quería aceptar. Nunca lo admitiré, ¡nunca! Con el orgullo no se llega a ninguna parte pero es el único escudo contra lo que te pueda hacer daño y yo ya había bajado la retaguardia… Sí, mis temores se confirmaron. Me llevé la mano a los ojos, secándome con un pañuelo el rostro y fingí una sonrisa, aún así, triste.
-Hola
-Hola
Se produjo un silencio. Para mí no era incómodo, me gustaba el silencio… Pero por primera vez me sentí nerviosa, deseaba escuchar algo más de su boca. Habla.
- ¿Qué tal? –me preguntó mirándome a los ojos, ruborizándose un poco por debajo de los pómulos.
- ¿Tú qué opinas sobre mi estado de ánimo?
Agachó la cabeza, acongojado, mirando para sus pies. Cobarde. Sabía perfectamente lo que me pasaba, lo sabía, ¿cómo no lo podía saber si era el causante? Parecía decidido a guardarse su opinión, no sabía decir las cosas a la cara.
-Quiero hablar contigo
Alzó finalmente la vista, poseído por una creciente valentía. Me puse en pie.
-Te escucho
-Sabes que nunca fui bueno en esto de expresar con palabras mis pensamientos –tomó una gran bocanada de aire y continuó- No sé decir las cosas sin dar rodeos pero creo que esta vez los rodeos solo empeorarán las cosas, si es que se pueden empeorar, de modo que…
Hizo una pausa dramática. Quería gritar. ¡Dímelo! Esos segundos fueron eternos. No, no podía ser, otra vez ese reloj estropeado. ¿Por qué iba más despacio en los momentos más importantes?
-Lo siento
Me quedé paralizada, nunca le había escuchado emplear esa palabra, un término inexistente en su vocabulario: perdón. ¿Por qué sabía cómo romper todos mis esquemas? ¿Por qué tanta vulnerabilidad? Notó mi reacción. Su cara permanecía tan inexpresiva como antes. Intenté contestar, solo balbuceé.
- Yo no lo siento- le contesté con mi tono irónico aprendido y practicado durante años.
Instantes después un escalofrío me recorrió el cuerpo, contrastando con el calor que sentía ahora, el calor de su cuerpo. ¿Llorar o reír? ¿Permanecer o salir corriendo? ¿Por qué tantas dudas? Él mismo hacía que mi sentido común fallase pero a la vez me reparaba,  eliminaba todas y cada una de mis preocupaciones. Simplemente dejé que mis párpados se cerraran y sus brazos me estrechasen, reduciendo el espacio existente entre nosotros. Se habían vuelto necesarios en mi vida esos momentos. Tiempo, detente.
-Te amo –me susurró al oído
-El amor no existe
- Sí existe
-No, no puedes querer a una persona para siempre, incondicionalmente y sin ninguna duda. Solo pocas personas pueden disfrutar de ello en la vida, hay pocas ediciones disponibles.
-Pero yo no puedo sacarte de mi mente
- Eso es una obsesión
-Si el amor no existe, yo lo inventaré para ti.
Agachó levemente la cabeza hasta quedar a la altura de la mía.
En ese momento sonríes, sacas las manos de los bolsos de la chaqueta para rozarte los labios. Qué más dan las razones, ¿acaso en aquel momento te importaron?

Desperate.


"Todos los caminos conducen a Roma", un refrán que hemos escuchado infinidad de veces. Nunca nada en la vida me hizo darme cuenta de la razón que llevaban esas sabias frases de abuelita, pero con el paso del tiempo las cosas te hacen abrir los ojos… He de decir que muchas cosas intentaron cegarme ese tiempo, incluso yo misma fui un obstáculo, además de todas aquellas que te pretenden y a las que haces caso, sin siquiera fijarte en las lágrimas de rabia que se me escapan cuando te encuentro por la calle, lágrimas que a la vez esa felicidad, esa alegría y el entusiasmo con el que corro hacia ti para que simplemente gires la mirada, me des dos besos como se dan los amigos y me digas “¿Qué tal? Hacía mucho que no nos veíamos…” disfrazan y me hacen parecer una persona indiferente. La única indiferencia que siento es la tuya y lo que más odio es que no puedo cambiarlo, que no tengo ánimo de intentarlo, que tengo miedo, que me da auténtico pánico que esos segundos que empleas exclusivamente en mi desaparezcan, porque esos segundos y la ilusión de caminar por las calles y pasar por los lugares que sé que frecuentas y a los que me llevaste tantas veces, me dejan con el corazón en un puño, con un vendaval de escalofríos y tembleques, pero sobre todo, me dibujan una sonrisa en la cara. ¿Te das cuenta? La mejor de mis sonrisas por solo sentir tu presencia o verte desde la distancia. Lo he intentado de mil maneras, pero es que no puedo, no puedo olvidarte,  todo lo que hago acaba enfocándose en ti, todos los caminos me conducen a ti aunque me plantee evitarlos… ¡Entérate! Te quiero.

Thousand miles away


Solté la pluma de repente, sobresaltado por aquella brusca desconexión con mis pensamientos. Intenté volver a encontrar el motivo que había dibujado en mi cara una ancha sonrisa. Resoplé triste por la desesperación que producen los intentos fallidos. Recogí la estilográfica y la apoyé entre mis dedos pulgar y anular, haciendo que la tinta dibujase finos y poéticos trazos sobre la hoja de papel. Volví a rebuscar en el interior de mi mente una buena razón que justificase lo que estaba haciendo. Inútilmente continué con movimientos lentos de muñeca, llenando la superficie con palabras que no conseguían ganar sentido ni coherencia. En vano traté de descubrir una rima adecuada, marcada por el ritmo de  los latidos que  mi corazón emitía cada vez que su imagen viajaba de un lado a otro de mi cabeza. No sé si por falta de inspiración solo se repetía la misma frase:”te echo de menos”. Quizá era yo quien me impedía encontrar las palabras adecuadas. Quizá era yo el tonto que buscaba excusas para no ponerle un punto y final. Quizá era yo el que no quería admitir que por muchas cosas bonitas que cantase o recitase e intentase escribir con ellas un final feliz, nada cambiaría; A fin de cuentas por muchas perdices que comiesen la princesa y el príncipe, todo cuento tarde o temprano se acaba. Miré para una de las paredes azules de la rectangular habitación en la que me encontraba. ¿Quién es el loco que no es capaz de admitir su derrota? Aquel espejo me envió la respuesta, como si fuese capaz de entender todos mis conflictos interiores. Contemplé atónito la imagen que éste me devolvió. Miré su tez pálida, sus largos cabellos color miel, su cuello color marfil y sus finos labios rosados, ahora sellados, que te invitaban a ser infiel a tus principios y a perder el sentido y el orgullo. Desvié la mirada sabiendo que volvería a caer como el adicto que fui a sus besos. Aquellas pupilas se clavaron es las mías. Resignado me aparté de esa perfecta visión, volviendo a la realidad y sintiendo vergüenza del verdadero reflejo. Solo los cobardes se aferran con todas sus fuerzas a lo que han perdido, intentando convencerse a ellos mismos de que todo es mentira, tan solo un mal sueño y por tanto irreal, pasajero. Cogí mi cuaderno y lo guardé bajo mi brazo. Salí al exterior a disfrutar de los pocos minutos en los que,  podría decirse,  gozaba de cordura. Me encantaba recorrer en silencio la playa que se extendía dos kilómetros desde la iglesia donde, a pesar del tiempo transcurrido, las campanas seguían sonando. Su repiqueteo hacía eco en mis tímpanos una y otra vez. Sentado en la arena revisé minuciosamente página por página hasta acabar todos los folios escritos. Solté una sonora carcajada. Qué ignorancia, qué egoísmo y qué deseos tan necios e infantiles. Rodé hasta quedarme boca arriba. Situé mis manos tras la cabeza y cerré los ojos mientras la luz del sol teñía el cielo de colores rojizos y naranjas incandescentes. Solo sentí el sonido de las pisadas aproximándose, un sonido tan familiar y cercano… Aquel que tantas veces había escuchado cuando segundos después me estrechaba entre sus brazos y yo fingía sorpresa.
-¿Puedo sentarme contigo?
-Adelante- respondí aún sumergido en mi oscuridad
 -Mírame
-No
-Hazlo
Levanté la cabeza y me senté, imitando su postura. Tenía la libreta en su poder y me miraba con cara totalmente inexpresiva. Me encogí de hombros, acobardado y me lancé a sus brazos. Me sorprendí a mí mismo con una lágrima recorriéndome las mejillas. Acto seguido comencé a llorar desconsoladamente. Ella me acariciaba, calmándome como a un cachorro indefenso.
-Le encantaban…
-Lo sé
-No es justo
-También lo sé
-Nunca, nunca más
-No, siempre estará ahí, junto a ti
-No podré abrazarla
-Tienes el recuerdo…
-Los recuerdos se olvidan
-Los niños tienen buena memoria
-Creceré
-Inténtalo
-¿Por qué?
-Porque la querías
-La quiero. Lo era todo pero ahora ya nada se puede hacer para que vuelva…
-Lo más difícil de olvidar es un recuerdo feliz
-Pero yo no quiero olvidar…
Regresé cabizbajo y volví a sentarme en aquella silla de madera, entre aquellas paredes azules de la habitación rectangular, con mi pluma entre los dedos pulgar y anular, redactando palabras sin sentido pero a la vez ciertas.
-Solo hay un amor hasta la muerte
Centré mi atención en el espejo, admirándola y sus labios se despegaron
-… el último

Hide till memories fade away.


Y se fue por aquel tortuoso camino de losas rotas y plantas silvestres, salvajes y dulces a la vez, delicadas, libres… Era difícil no tropezar con los obstáculos que se presentaban por el angosto camino pero… el dolor físico de una caída no le importaba, habría cambiado miles de golpes, de caídas y de moratones por quitarse una mínima parte del dolor que sentía, un dolor más importante, dañino y peligroso que el que te puede afligir una pelea, el dolor de un corazón roto, de una esperanza desesperanzada, cansada de luchar por lo mismo y no lograr nada… El cuerpo acaba rechazando automáticamente aquello que nos afecta en exceso, pero siempre quedan las mentes masoquistas, sádicas o simplemente perseverantes… Cualquier tentativa de dejar de intentarlo había resultado inútil, la cabezonería esta vez le había venido de perlas pero cuando nada te motiva y todas esas teorías sobre las que construyes un sueño por imposible que parezca, se derrumban, como una castillo de arena atacado por una ola, acabas con el síntoma típico del desengaño: alergia a la oportunidad de amar. ¿Dónde había quedado el mito de la mente femenina, compleja y retorcida?
Pasito a paso llegó al lugar donde solía ir para desconectar cada vez que lo necesitaba. Hacía mucho que no necesitaba eso porque hacía mucho tiempo que no sentía la necesidad de llorar, sin más, llorar para despejar los miedos, como si cada lágrima contuviese malos pensamientos que se esfuman, salen de nuestro interior para limpiar nuestros sentimientos. Preocupaciones que se desvaneces, se evaporan… eso son las lágrimas.
Jamás había llorado por nadie, ni siquiera por auto compasión y la sensación que ahora la invadía por estar derramando tanta tristeza, la sobrecogía, era una sensación nueva, extraña, rara, tan humana, tan… frágil…
Se elevó ligeramente y se dejó caer boca arriba sobre aquella trenza de esparto, aquella basta cuna que se balanceaba con un ritmo lento y relajante. El viento colaboraba en impulsar el columpio, haciendo que se meciese suavemente, meciendo su alma, tranquilizando la tempestad de ideas que aparecían cada poco en su mente, aquel bombardeo de posibles explicaciones a lo que ocurría.
Al cabo de unos minutos se rindió al melódico vaivén de aquel montaje. Se dejó llevar y así la imitaron sus ideas que, por un momento, viajaron con el viento, lejos, pareciendo insignificantes. Aunque sabía que volverían, se dejó inundar por una tranquilidad que, aunque breve, resultó totalmente necesaria.
Parece triste que necesitase algo tan negativo para aprender a encontrar la calma que su cerebro necesitaba. ¿Solo las cosas malas la harían aprender?
Y esa misma pregunta sigue rebotando día tras día no solo en su cabeza, sino en la de todos nosotros.

miércoles, 16 de enero de 2013

The world ends.

No hay nada peor que el que te intenten convencer de algo en lo que no crees y en lo que además no quieres creer.
Me gustaría saber de cuántas formas distintas se puede ver e interpretar el mundo, de cuántas maneras diferentes puedes pensar en la gente. El problema es precisamente ese, que se han perdido los valores para poder llamarles personas, que se ha perdido el significado y la coherencia para poder decir que creo y quiero creer en este mundo.

jueves, 10 de enero de 2013

Quality.

Hoy me han dicho una frase/consejo/refrán o moraleja que jamás había oído: "Recuerda que para beber leche no necesitas una vaca" Dada la altura de la charla en la que apareció sin venir a cuento puede ser bastante graciosa, a decir verdad...
Asentí con la cabeza y me marqué las tres risotadas típicas que sirven para escapar de una conversación que no entiendes.
Ahora, ya sentada en casa y sin nada que hacer me pregunto por la razón que llevará tal aseveración. Es obvio que puedes comprar la leche en la tienda, que no necesitas gastar tiempo de tu vida en dar de pastar a un animal caprichoso y del cual has de estar pendiente de forma continua. Pero todos sabemos que la diferencia entre una leche recién ordeñada y otra es bastante grande. ¿Merece la pena el esfuerzo por el resultado final? Es probable que por vagancia o inexperiencia prefieras hacer más rico a Mercadona, pero todos queremos, alguna vez, probar el sabor de lo más natural y como todo, una vez pruebas la auténtica calidad, es difícil que el resto vuelva a saberte bien. Qué malo es dejar el listón tan sumamente alto, aprobar con notas tan altas el control de calidad.
Y sí, ya no estoy hablando de vacas.


Miel pops.

¿Sabíais que cuando el zángano copula con la abeja reina, su aparato reproductor se queda alojado en el interior de ésta y el follador muere? Cuando el siguiente zángano llega (porque hacen tantas visitas al útero de la reina como sean necesarias para llenarla de semen) tiene que sacar con las patitas el genital del anterior macho para proseguir con la tarea.
Me parece muy paradójico el hecho de que, en cierta manera y siendo un poco retorcidos, nos parezcamos (las mujeres así como los hombres) a esa abeja reina. El zángano tiene la única misión de servir de reservorio espermático. Una vez finaliza su cometido, no tiene sentido seguir manteniéndolo con vida (igual que ocurre en nuestra sociedad, donde la vida de una persona tiene carácter utilitarista; en el momento en que cumple su función para con la sociedad, queda marginado). Qué sabia es la madre naturaleza. Y en fin, que pensándolo detenidamente, ¿a caso no hacemos lo mismo? De acuerdo, solo unos pocos sádicos/ mantis religiosas arrancan la cabeza de sus parejas tras la cópula pero, ¿es mentira que ya sabemos de antemano que desde el momento en que comienza ese ritual carnal, está condenado ya a morir? ¿Es mentira que conocemos el final que tendrá esa acción? Cumple su función, después, hasta luego.
Y el caso, que si no sabíais ese estupendo dato sobre el reino de los insectos, ahora ya lo sabéis.

miércoles, 9 de enero de 2013

Memories.

La sensación tan rara que me invade al releer cosas escritas hace X tiempo creo que no puede explicarse del todo con palabras. Es curioso, pues recuerdo exactamente (o casi) el día en que decidí escribir tales cosas y el motivo que me impulsó a ello. Casi todas ellas, o al menos las que aquí están, fueron motivadas por un momento de felicidad. Parece un tópico pero el amor era mi "musa". Lo extraño es lo que me provoca ahora leer esas frases: una mezcla del sentimiento pasado y las nuevas circunstancias. Siguen despertándome mariposas en el estómago a pesar de ser yo misma quien las plasmó en un "papel". Es curioso, pero aquello que vemos escrito parece tener siempre más poder que lo que podemos escuchar de boca de alguien. Y digo que es curioso porque todos queremos las cosas a la cara, y no hay forma más directa de comunicación que mediante la voz. Sin embargo, en cuanto a confesiones amorosas se refiere, preferimos el formato carta. ¿Qué poder tiene lo escrito sobre las emociones? Creo que las frases cortas y directas como un "te quiero" es preferible escucharlas. Las parrafadas, por el contrario, se asimilan mejor leyéndolas pues, aunque esperemos al igual que en una conversación ese final, esa conclusión que es el motivo de que estemos tragándonos todo el discurso, somos capaces de mantener el hilo y no desconectar esperando esas palabras; nosotros mismos tenemos que buscarlas y eso nos obliga a leer toda la información secundaria. Además de ello, siempre podemos usarlo para rememorar un sentimiento en momentos de debilidad. 
Reflexiones a parte, siempre es precioso darte cuenta de que hubo algo que hizo despertar en una cosas tales que finalmente escribes, aunque pueda resultar poco poético o artístico, lo bien que te hacía sentir. 

martes, 8 de enero de 2013

Perfection.


Desde siempre y cuando me preguntan la razón de por qué quiero conocer cosas que normalmente a nadie interesan y rayan el sadismo (según aquellos a quien tal información resbala completamente) la respuesta suele crear una mueca en la cara del interesado, seguida de un "no eres normal" Me pregunto muchas veces si eso será cierto, si tendré algún gen raro merodeando por ahí... Desde luego querer saber cosas tales como cuánto suele tardar una persona en desangrarse  o buscar noticias sobre fallos en el cuerpo que te puedan llevar al otro barrio en cuestión de horas puede parecer tener un pequeño (gran) componente sádico-maníaco-asesino. Desde antes de empezar con mi carrera ya me interesaban estas cosas y ahora que poco a poco voy descubriendo (con cada vez más asombro) la complejidad de nuestra anatomía, esta afición crece por momentos. Resulta increíble lo bien encadenado que tenemos todo para que el resultado sea el que vemos. Independientemente de la colaboración general de nuestras células, el mecanismo interno de simplemente una de ellas entraña una dificultad que aún no soy capaz de imaginar. Parece increíble que tantos procesos se acomoden unos a otros, siendo tan variados y teniendo a su vez que superar los inconvenientes que se les puedan plantear. Pero a pesar de ello, como he podido comprobar con diversas lecturas, una mínima alteración en este equilibrio tan especial puede ser desastroso. Todo el trabajo que a la evolución le ha costado miles de millones de años se puede ir al traste con la sola presencia de un ser que ni siquiera está vivo. Produce risa que algo así pueda acabar con una maquinaria tan perfecta porque, ¿acaso no creemos que somos la máquina más perfecta que hubo y habrá jamás? Muchas veces he oído que un simple tornillo puede destruir al invento más ideal. ¿Podemos por ello seguir considerando nuestra perfección como algo indiscutible? Parece obvio que si algo tan elaborado se puede destrozar con algo tan ínfimo es porque no es, ni mucho menos, perfecto. ¿En qué radica este fallo? ¿Será que entretejemos y conectamos tantas cosas que la cadena de sucesiones es tan débil? ¿Debemos, pues, considerar que hay un punto clave que haría que todo el sistema de equilibrio se desvaneciese?
¿Hay que pensar que toda máquina, para poder llegar a considerarse perfecta, necesita un talón de Aquiles, una debilidad que, aunque pueda llegar a fallar alguna vez, es la única que hace que todo parezca fácil aunque no lo sea?
 ¿Hay, así en nuestro interior como en nuestras relaciones diarias (y en resumen, en nuestro propio mundo) algo tan importante sin lo cual no podamos seguir adelante? No es la primera vez que decimos "no eres/es imprescindible en mi vida". ¿Será cierto que no hay absolutamente nada (obviando el hecho de que todos necesitamos aire para respirar y comida y bebida para sobrevivir) que adquiera esa importancia vital en nuestra vida sentimental? De no ser así, ¿qué puede haber tan necesario para nosotros? ¿Sabemos, acaso, nosotros mismos de qué se trata? Aunque sea involuntariamente todos fijamos, en un momento determinado (que puede durar incluso toda una vida) nuestras esperanzas e ilusiones en algo o en alguien, que pueda hacernos sentir que todo va en orden, que los problemas se superan. Así, en armonía con ese punto central, podemos llegar a un estado de paz, equilibrio en el que todo parece tener una consecución lógica que sigue leyes que uno no controla, pero que sabe que llevarán a buen puerto. 
¿Es un error dotar de tanto poder a algo o a alguien? No nos aferramos a aquello que tenemos al lado, sino que en nuestra búsqueda encontramos algo, 100% involuntariamente, que nos indica que puede reunir las características que la simbiosis requiere. Reconocemos rápidamente cuándo la elección no es buena y aunque por un tiempo nos pueda servir de parche, seguimos buscando aquello que realmente necesitamos, sin siquiera saber cómo es ni cuando lo encontraremos. Hasta que el hallazgo ocurre, ¿estamos completamente completos (redundancia)? ¿Qué teníamos antes que nos quitaba la necesidad de buscar un director? Cuando lo encontramos, perdemos completamente el liderazgo y estamos condenados a buscar eternamente ese líder? ¿Volvemos a ser alguna vez dueños de nosotros mismos, de nuestros sentimientos?
Demasiadas preguntas y racionalidad para hablar de un hecho que no podemos controlar. Quizá simplemente funcionemos por impulso, mecánicamente, como todas las máquinas perfectas o no.