Es absurdo y sobre todo frustrante cuando, tras darle muchas vueltas en la cabeza y poner el empeño para escribir algo tengas el día en que todas las ñoñerías que siempre has detestado salgan a flote...
Recuerdo aquellos momentos entrañables en los que pegaba patadas contra mi cerebro y forzaba a mi lengua a ser capaz de decirte algo de lo que sentía. Era duro, quiero decir, era igual que quedarte desnudo en pleno invierno, indefenso esperando una respuesta o la señal de haber escogido el momento y las palabras adecuadas para tales confesiones.
Lo difícil ahora es conseguir atar, refrenar las ganas de decirlo, porque el tiempo de cursiladas parece haber marchitado, aunque también es cierto que algún que otro soplo de frío resulta sano para el corazón según pregonan los entendidos de la medicina... Así es que, aprovechando las bajas temperaturas de Enero y sin ropajes: te quiero.
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