Seguramente esta pregunta se la llevan haciendo nuestros antepasados desde los comienzos de la humanidad (o mejor dicho, desde que tenemos conciencia de nosotros mismos y somos capaces de pensar y razonar): Corazón o razón, ¿a cuál de los dos hemos de hacer caso?
Parece que asistimos a una guerra eterna entre los dos órganos representantes de estas ideas (porque con corazón nos referimos a dejarnos llevar por el impulso de nuestros sentimientos y emociones). Siempre vemos la misma representación: un cerebro llevando de la correa a un corazón que se niega al encadenamiento y lucha por liberarse.
¿Debemos considerar que para ser persona tenemos que doblegar nuestras sensaciones, que ser políticamente correctos y hacer lo que esperan que hagas es lo correcto?
Solemos decir que la naturaleza se equivocó haciendo tan rica la comida basura y tan asquerosa la realmente sana. Pero esto me lleva a preguntarme qué es lo bueno y que es lo apetecible. ¿Es aquello que nuestra mente encierra tan malo que el corazón quiere luchar contra ello, que siempre se opone? ¿O es por el contrario el placer y la excitación de hacer algo que no está bien lo que buscamos dejándonos llevar por las pasiones?
En el caso en el que se presentase un empate técnico, en el que supiésemos con certeza lo que queremos pero fuésemos completamente conscientes de que hacerlo sería un error, ¿qué solución buscaríamos? ¿Sería el corazón el que nos avisase de ese futuro dolor y la mente la que estuviese segura de lo que quiere o sería al revés, la razón atando al deseo?
Desde siempre y más desde que nos hacen estudiar filosofía, nos hacen tener o al menos conocer la premisa de que el bien se alcanza domando los impulsos del tipo que sean.
Y a día de hoy yo me sigo preguntando, qué es lo más acertado, cómo escoger entre lo que te conviene y lo anhelas con tanta fuerza (ya no escoger entre corazón o cerebro, pues ni siquiera estoy segura de quién ordena qué)
Nadie tiene una bola del futuro, o al menos una que funcione verdaderamente. ¿Cómo de dispuestos estamos a sumir riesgos? ¿Dónde ponemos el límite infranqueable que nos impide hacer siempre lo que queremos?
Esta cuestión me resulta liosa a la par que fascinante, pero aún más fascinante y siniestro es el hecho de pensar quién nos ha puesto ahí esos límites.
Estoy más que convencida de que no le tengo ningún tipo de aprecio a la vida de una araña y de que me dan asco. Sin embargo no siempre decido matarla aunque tenga las ganas internas de hacer que desaparezca de mi vista. ¿Por qué? ¿A caso es que el impulso vencedor es por el impulso racional, que me dice que un ser de ese tamaño no puede hacerme ningún daño y puedo compartir mi atmósfera con ella? ¿O es que finalmente se encuentra el equilibrio en el que puedes soportar las cosas tal y como están, en que las apetencias y las desavenencias se amigan y terminan su guerra por unos momentos?
Aplicando este hecho a algo más trascendental que la muerte de una arañita, me pregunto si será igualmente posible, si existirá la fórmula para estar en paz con tus decisiones y no arrepentirte de la elección que has tomado o de la que podrías tomado.
Me gustaría poder decir que tenemos la libertad de hacer aquello de lo que tenemos ganas, pero no es así (muchas veces para bien, sino no existiría la civilización) por lo que le damos más importancia a veces a aquello que debemos hacer por obligación o costumbre. ¿Puede significar eso que jamás seremos felices o con el paso del tiempo aquello que ahora puede disgustarnos y va en contra de nuestros impulsos será lo que nos haga felices? ¿Coacciona la sociedad y el decoro de tal manera que llegará el día en que actuemos de forma autómata, en que la razón gane al corazón? Quizá seamos nosotros mismos los que nos imponemos los límites.
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