jueves, 4 de abril de 2013

Control.

Todo el mundo ha tenido, y puede que quizá siga teniendo, algo en lo que apoyarse para sentirse seguro de sí mismo, para sentir que el mundo en realidad rota de tal manera que no nos enteramos, que ese mareo, ese abatimiento y esa desorientación son solo producto de nuestra imaginación.
Respira.
Piensas en ello, te resguardas en ese sentimiento que te sirve como brújula, que te guía cuando estas perdido, que te calma si ya has sabido dominar el arte de dejarte calmar.
Respira.
Lo tienes todo bajo control.
Hay sin embargo unos escudos que utilizamos de manera indebida, que desintegran la espontaneidad. El control. Controlar el tener control. Tenerlo todo perfectamente calculado, milimetrado, tener una precisión casi mágica en todas las acciones que llevas a cabo en cualquier ámbito. Por desgracia, hay factores que se escapan al control de cualquier persona, hechos completamente azarosos que no dejan lugar a la maniática manipulación de aquellos que quieren acotar a la caprichosa vida.
¿Qué sentirán estas personas cuando todo se les escapa de las manos? ¿Cuando su propia conducta deja de seguir esas leyes estrictas que su razón marcaba? Cuando lo único que controlas es el respirar...
¿Qué queda entonces? Desesperación. Descontrol. Su razón de luchar, su bálsamo para las adversidades, su vida, se les escapa.
Precisamente la vida es impredecible. Nadie puede controlar cuándo vivir. Solo aquello sobre lo que se tenga poder se es capaz de manipular, solo ello puede devolver la tranquilidad y solo hay una cosa que puede ser controlada: la muerte.

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