Miró la reluciente punta de su cuchillo. Miró a su pierna por un momento. Se imaginó cómo la sangre correría rápidamente como un río desbordado por la ropa y encharcaría el suelo. Sangre. Miró su brazo descubierto. Se imaginó la piel separarse al paso del filo de su arma, cómo la carne quedaría al descubierto, cómo los vasos sanguíneos se romperían por la mitad, dejando brotar el líquido rojo. Sangre. No reprimió el escalofrío de excitación que la inundó. Sangre. Llevaba tiempo pensándolo y anhelaba sentir cómo su cuerpo se iría secando. Lo deseaba.
Posó el acero en vertical sobre el antebrazo izquierdo. Primero realizó un corte superficial, rápido, de unos pocos centímetros de tamaño. Unas gotas de sangre comenzaron a brotar urgentemente. Sangre. Sonrió.
Esta vez clavó con más saña el cuchillo en su carne, provocando un corte profundo que excitó todas las células nerviosas de su organismo y la hizo apretar los dientes de puro dolor. La sangre salía, corría sin parar, con prisa. No se detuvo, continuó mutilando su sistema de riego sanguíneo hasta que el charco de sangre era considerable y su debilidad tal que perdió el conocimiento.
Por fin había encontrado la valentía para hacerlo. Mucho tiempo llevaba planeando este momento y cuando reunió el valor necesario, llevó a cabo su plan. Y estaba feliz.
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