jueves, 4 de abril de 2013

Nightmares


El alivio sería instantáneo y hermoso si no tiñesen más de negro esa gran nube oscura que parece no querer salir de mi pecho ni de mi cerebro, esa niebla que hace sentirlo y verlo todo como un mal sueño, como una pesadilla en la que tú mismo te torturas, en la que consciente de que lo haces, te auto consumes hasta matar todo el apego que alguna vez sentiste por ti mismo. Ese dolor tan fuerte, como si drenasen tu sangre y rellenasen cada vaso sanguíneo con nitrógeno líquido, vuelve a aparecer.
Es horrible cuando todos creen que has dejado de buscar la felicidad, porque realmente sabes que la única manera de lograrla es haciendo aquello que los demás consideran rendirse. ¿Quién lleva razón en una discusión en la que ningún interventor habla el mismo idioma?


Control.

Todo el mundo ha tenido, y puede que quizá siga teniendo, algo en lo que apoyarse para sentirse seguro de sí mismo, para sentir que el mundo en realidad rota de tal manera que no nos enteramos, que ese mareo, ese abatimiento y esa desorientación son solo producto de nuestra imaginación.
Respira.
Piensas en ello, te resguardas en ese sentimiento que te sirve como brújula, que te guía cuando estas perdido, que te calma si ya has sabido dominar el arte de dejarte calmar.
Respira.
Lo tienes todo bajo control.
Hay sin embargo unos escudos que utilizamos de manera indebida, que desintegran la espontaneidad. El control. Controlar el tener control. Tenerlo todo perfectamente calculado, milimetrado, tener una precisión casi mágica en todas las acciones que llevas a cabo en cualquier ámbito. Por desgracia, hay factores que se escapan al control de cualquier persona, hechos completamente azarosos que no dejan lugar a la maniática manipulación de aquellos que quieren acotar a la caprichosa vida.
¿Qué sentirán estas personas cuando todo se les escapa de las manos? ¿Cuando su propia conducta deja de seguir esas leyes estrictas que su razón marcaba? Cuando lo único que controlas es el respirar...
¿Qué queda entonces? Desesperación. Descontrol. Su razón de luchar, su bálsamo para las adversidades, su vida, se les escapa.
Precisamente la vida es impredecible. Nadie puede controlar cuándo vivir. Solo aquello sobre lo que se tenga poder se es capaz de manipular, solo ello puede devolver la tranquilidad y solo hay una cosa que puede ser controlada: la muerte.

viernes, 18 de enero de 2013

Appetite for destruction.

Miró la reluciente punta de su cuchillo. Miró a su pierna por un momento. Se imaginó cómo la sangre correría rápidamente como un río desbordado por la ropa y encharcaría el suelo. Sangre. Miró su brazo descubierto. Se imaginó la piel separarse al paso del filo de su arma, cómo la carne quedaría al descubierto, cómo los vasos sanguíneos se romperían por la mitad, dejando brotar el líquido rojo. Sangre. No reprimió el escalofrío de excitación que la inundó. Sangre. Llevaba tiempo pensándolo y anhelaba sentir cómo su cuerpo se iría secando. Lo deseaba.
Posó el acero en vertical sobre el antebrazo izquierdo. Primero realizó un corte superficial, rápido, de unos pocos centímetros de tamaño. Unas gotas de sangre comenzaron a brotar urgentemente. Sangre. Sonrió.
Esta vez clavó con más saña el cuchillo en su carne, provocando un corte profundo que excitó todas las células nerviosas de su organismo y la hizo apretar los dientes de puro dolor. La sangre salía, corría sin parar, con prisa. No se detuvo, continuó mutilando su sistema de riego sanguíneo hasta que el charco de sangre era considerable y su debilidad tal que perdió el conocimiento.
Por fin había encontrado la valentía para hacerlo. Mucho tiempo llevaba planeando este momento y cuando reunió el valor necesario, llevó a cabo su plan. Y estaba feliz.

Just tonight.


Volvió a coger el vaso de Whisky con mano temblorosa. Arrugada y temblorosa. Temblorosa por el paso de los años, por los achaques de la edad y por algún que otro vicio inmoral y para nada oculto. Bien era conocida su afición por el alcohol, la política, la literatura y las mujeres. Sí, la verdad es que hasta que no pasó su juventud no decidió, como suele decirse, asentar cabeza (aunque una vez llegado a la edad considerada adulta, le pegaba demasiado la palabra adulterio). El mundo estaba lleno de placeres que para nada se quería perder.
Tragó la bebida y tras un largo suspiro se quedó mirando fijamente el contenido del vidrio. Vio los hielos flotar, a la deriva (como su vida había navegado siempre).
Sinceramente, estaba allí por recuperar viejas costumbres, pero también, para recapacitar. Pensar en aquel lugar era fácil, el ambiente estaba cargado de recuerdos, melancolías y se podía oler perfectamente la presencia del fracaso. De modo que en el lugar idóneo para dejarse llevar, comenzó a  echar la vista atrás unos cuantos años, rememorando, día tras día, la historia de su vida.
Cierto era que nunca había sido una persona convencional, es decir, hizo siempre lo que le dio la gana (aunque bien es cierto que hubiese sonado mejor catalogarle como un alma libre, en realidad, era un jodido cafre imprudente, con perdón de la utilización de adjetivos inapropiados) pero bastó con encontrar simplemente alguien que consiguiese hacerle frente y no, no me refiero a que recibiese la paliza que seguramente se habría merecido. Digamos que su vida escolar resultó bastante corta, aunque desde luego, nunca se arrepintió de ello, pues le sobraba intuición y buena maña para acabar con lo que se planteaba.
Los nervios se le agolpaban en la garganta como si hubiera tragado una pelota de tenis mientras se calzaba. Aunque iba con una hora de adelanto había decidido que en aquel lugar del que todos decían que era su hogar, no iba a conseguir relajarse.
No sabía si eran los gritos de dolor -¿o eran de placer?- de su hermana en la habitación contigua o las interminables discusiones del viejo matrimonio que vivía en el piso contiguo que se oían, desgraciadamente demasiado bien, gracias a las paredes de papel que alguna constructora corrupta había levantado.
Él sólo sabía que tenía que huir de ese lugar lo antes posible: no estaba dispuesto a aguantar otro día conviviendo entre porquería e inmundicia, soportando los interminables lamentos de su padre, aunque estuvieran amortiguados por el alto volumen de la vieja televisión en blanco y negro; ni los berridos de su madre incitándole a irse a pedir limosna por las calles malolientes de aquel barrio donde vivían.
Finalmente se armó de valor y, sin mirar atrás, salió del piso cerrando tras de sí la puerta para no oír los chillidos de su hermana, con tal mala suerte que se clavó una astilla en la mano. Mientras se chupaba el dedo con lágrimas en los ojos, salió por fin a la calle, rumbo al parque.
¿Qué edad tenía entonces? La suficiente para darse cuenta de su situación, la suficiente para sentir que algo no iba bien, para rendirse a la verdad, pero no ante la vida, por la que estaba dispuesto a luchar, a la que estaba dispuesto a cambiar. Sus inquietudes en cuanto a la vida eran nulas, así como sus remilgos. En cambio su memoria podría catalogarse como buena, es más, bastante buena, no en vano se acordaba de todas y cada una de las caras que había visto desfilar por el pasillo de entrada de su casa hasta la habitación de su hermana, a pesar de que tan solo les señalaba con indiferencia el camino.
¿Asco? En principio no, pero en más de una ocasión había tenido brotes de ira hacia uno de los sujetos, sin saber siquiera la razón de ello.
El dedo ya no dolía, ya no sangraba, y las lágrimas llevaban tiempo secas en la manga de su chaqueta.
Ella se arrodilló frente a él. Parecía tan frágil, tan pura… Ya casi no se acordaba del intenso color ámbar de sus ojos, sus graciosas pecas… Llevaba mucho sin mirarla a la cara, quién sabe si por vergüenza. Ambos se pusieron en pie sin cruzar aún una sola palabra. Había que volver y lo sabía por más que odiase admitirlo. Tampoco recordaba la última vez en que la barriga propia de la niñez había desaparecido, sus curvas mucho más definidas se veían marcadas por las estrechas costuras del vestido azul que llevaba puesto, sus pechos eran insinuantemente atractivos, buena herencia (única buena) por parte materna, el pelo era más largo de lo que lo recordaba y los rizos, que parecían haberse sentido amenazados, estaban recogidos en un alto moño despeinado, dejando su cuello totalmente descubierto. Su piel era tersa y prácticamente transparente. Estaba muy guapa, estaba muy madura y la sentía más deseable que nunca.
Su pregunta no obtuvo respuesta, pero en lugar de insistir, se fue a su habitación, donde por primera vez se encontraba sola. Mientras se dirigía a ella caminando por el pasillo su hermano se quedó embobado mirándola, mientras sentía que su virilidad se le agitaba dentro de sus pantalones, sin motivo aparente. Sólo reaccionó con el portazo de su hermana, agitando la cabeza ligeramente, como para desechar sus pensamientos, y con la intención de dormir, se fue a la cama.
Pronto empezaron a oírse gritos en la casa, el rumor habitual de cada jornada que llenaba el ambiente como una tormenta. Así era imposible dormir, así que comenzó a pensar lo que había pasado el día anterior. El hastío que sintió ahí tumbado le hizo recordar la razón por la que se había ido en primer lugar. Pero no se acordaba de por qué había vuelto. Entonces, un grito orgásmico proveniente de la habitación contigua se oyó e, instantáneamente su entrepierna se le endurecía de nuevo, sin que él pudiera comprender nada de lo que estaba pasando.

Las personas crecen y el parque ya no le reportaba la calma que cuando era un crío le daba. Es triste no tener a dónde ir pero también el no echar de menos lo que se deja atrás, a pesar de llevar tan solo unas horas deambulando por las calles.
No transcurrieron más de otras veintisiete horas hasta que su hermana le encontró sentado en el prado del jardín de la parte de atrás de la iglesia fumando un pitillo que había recogido del suelo. El humo quemaba, bien era cierto, pero a su cuerpo le gustaba la sensación de respirar un aire incluso más puro que el de su entorno.
La misma imaginación le hizo sufrir un escalofrío por toda la columna, pero sin rendirse a los malos tragos, se pidió otro vaso y siguió recordando con parsimonia todo aquello, recordando a su hermana y recordando el primer sentimiento de deseo que sintió.
Cuando llegaron a casa, se fijó en que su padre seguía en la misma posición frente a la caja boba, absorto en ella. No le importó, estaba acostumbrado y ya no podría imaginárselo de otra manera. Su hermana era la única que le prestaba atención de tanto en tanto, dándole incluso algo de dinero cuando podía. Aún así no hablaban mucho, nadie en esa casa lo hacía. Tampoco tenían por qué, la verdad, y no podían culparse entre ellos. Sin embargo, en aquel momento su hermana le dirigió unas palabras: ‘¿Por qué lo has hecho?’
Otro portazo le despertó de su sueño. ¿Qué hora era ya? Bah, qué más daba, total el día sería el mismo de siempre, la misma rutina aburrida. Ni siquiera merecía la pena levantarse, así que se quedó acostado.
Se retrasaba ya veinte minutos, pero la verdad es que esto no le forzaba a irse, para nada, llegó un momento en el que aprendió a convivir con los desajustes temporales, con los momentos eternos y los efímeros, llegó un momento en que, a pesar del tiempo, lo tenía todo bajo control y esta ocasión no era distinta. Nunca la había querido, según las opiniones externas. Por supuesto que la quería, aunque de otra forma, es más la necesitaba y lo sabía, por muy extraño que fuese el hecho de admitirlo, lo sabía porque él nunca había necesito a nadie hasta entonces, porque nunca necesitó a nadie más que a ella, de una forma u otra y ¿lo peor de todo? Llegaba tarde…
Todos esos recuerdos, a pesar de lo increíble de su naturaleza, nunca causaron estragos en su mente. Para él era algo completamente normal, era lo que siempre había vivido, aunque conocía perfectamente las leyes del decoro y la moral, que habrían vetado este comportamiento de cualquiera de las maneras posibles. Conocedor del asco y la crítica que suscitaría entre la gente esta anómala relación familiar, no quiso nunca, sin embargo, hacerle frente a sus deseos y refrenar esta conducta impropia de una persona racional y sensata. No solo él, ninguno de los dos fue jamás capaz de señalar un stop.
Quizá por ello, a pesar del tiempo y de todo lo que en la vida les había tocado vivir, con un retraso considerable, se presentó en el lugar de la cita. El tiempo pasa por todas las personas, no perdona, pero aunque las arrugas y la edad eran visibles, él seguía viendo en ella a aquella muchacha de pelo alborotado que había sido su salvavidas. El deseo no había desaparecido. Con paso firme, como siempre tuvo, se presentó delante de su hermano. Sin mediar palabra, sujetándose la mirada mutuamente, salieron del bar.
Bajo las luces de las farolas de la gran avenida que habían de recorrer hasta llegar a casa caminaban sin mirarse, sin tocarse aún. Las palabras no fueron necesarias una vez llegaron al piso. Quizá porque los dos compartían el mismo asco por el mundo, por la vida, quizá porque ninguno de los dos quería oir de boca del otro sus propios miedos, necesidades y tragedias.
Se dejaron llevar como los dos niños que aún sentían ser cuando estaban juntos, como aquellas criaturas que habían encontrado el uno en el otro la excusa para soportar el hastío de una vida que no sentían suya y que jamás les hizo sentir que merecía la pena.
Sabían que no estaba bien, por supuesto que lo sabían, pero no se le puede quitar la morfina a un enfermo terminal, pues es lo único que, por un tiempo le quita la idea del dolor, de la muerte, lo único que lo aleja del mundo de los cadáveres.
Hay clases de amor que no seremos capaces de comprender jamás si no nos encontramos en situación. Tal relación nunca tuvo nombre y tampoco intentaron buscarle una explicación, la evasión sería suficiente, sería lo único importante. 

Join the black parade.


Se subió al tren, sin mirar atrás, plenamente consciente de lo que abandonaba pero sin remordimientos por hacerlo. ¿Qué le quedaba ya? Inconscientemente miró de reojo el andén, a la espera de que alguien le detuviese, con la mínima esperanza de que una mano agarrase la suya y le hiciese volver, darle la esperanza que necesitaba para superarlo, para no abandonar. Por desgracia, no hubo tal gesto, ni tales palabras de ánimo, no había nada, no había nadie que diese el paso.  Como atraído por una fuerza magnética, imposible de librar, entró. Cogió asiento en una zona alejada. Era enorme, inacabable y estaba casi abarrotado. A pesar de ello, se respiraba paz y tranquilidad, nadie se fijaba en quien tenía a su lado, todos estaban absortos en su propio mundo y miraban al vacío con añoranza pero con la mirada inerte, lúcidamente mansa, como si les hubiesen liberado de alma y conciencia, como sintiendo por primera vez que conocían exactamente el rumbo de su futuro, como si adivinasen su destino. Las ruedas se pusieron en marcha. No hubo avisos de próximas paradas. No sabía donde pararía, pero sabía que estaría lejos. En su interior palpitaba la pena.  El exterior se convirtió en una homogeneidad de áridas tierras oscuras y el cielo se tornó negro, como si hubiese anochecido de repente. Las ruedas giraban y giraban. El mundo se movía. Aparentemente. Todo era igual y monótono. No así lo hacían las manecillas del reloj, que permanecían impasibles al rotar de la Tierra, que envararon en las doce y veintisiete. No tenía miedo, se iba para no volver, se movía en una dirección que imposibilitaba el regreso y aún así no intentó huir de ella. Cada vez se sentía más apaciguado, su corazón ya no latía desbocadamente y el aire entraba y salía de sus pulmones acompasada y silenciosamente, tanto, que nadie notaría que estaba respirando. Ni siquiera él lo notaba. Se sintió repentinamente inundado por la necesidad de recordar. Recordar sin más. Recuerdos tristes, felices, pero sobre todo, vividos. Se vio a sí mismo reflejado en el cristal de la ventanilla, vio su frente tersa, sus ojos apagados, su pálido rostro  y una lágrima que danzó por su nariz y rodó por su mejilla hasta caer a plomo sobre sus manos. Solo ella se rindió al recuerdo. Solo una lágrima. Una sola gota que pesaba como toneladas y toneladas de ellas, que cargaba con la memoria de toda una vida. Pensó  y se sorprendió admitiendo que hasta los detalles más insignificantes cobraban la importancia de los más notorios: Un beso en el momento adecuado, el abrazo de un amigo, la comida de mamá, el despertar junto a la persona que quieres, una casa, una mejor amiga, un nacimiento, un “te quiero papá”, el olor a tostadas con mantequilla y chocolate al despertar, el olor de un pijama nuevo, la sensación de frío al rozar con las sábanas en invierno, las cosquillas, la lluvia empapándote la ropa, un regalo en navidad, una felicitación de cumpleaños, las fotos de un viaje,  un escalofrío tras un beso en el cuello, un “te amo” susurrado, un orgasmo, un perfume, la ilusión de empezar un nuevo año junto a tu familia… Y a dos personas que dejas solas, las dos personas más importantes de tu vida y eso que una solo tiene tres añitos…
Y continuaría mirando por esa ventanilla, y el tiempo continuaría inmóvil y el viaje continuaría sin llegar nunca a su fin y él seguirá ahí, obnubilado con la mirada fija en un desolado paisaje del que sería imposible que aflorase una ligera pizca de vida. Y su pasado será desde ahora, por siempre, su presente, desde que no tiene posibilidad de futuro, desde que la muerte se lo negó.

Hate.


Vivía feliz, tranquila, sin más preocupación que aquella que sentía cada mañana al levantarse cuando pensaba qué ropa se pondría. Más pendiente de lo que dirían de ella que de sus propios problemas. Siempre intentando destacar por encima de los demás, ignorando la evidencia. Evitaba las miradas de la gente, no le gustaba ser observada pero sí ser el centro de atención. ¿Belleza? Realmente solemos alardear de aquello de lo que carecemos. ¿Por qué llegamos a perder nuestra identidad? ¿Dignidad? ¿Orgullo? Eso es algo innecesario, lo que importa es ser aceptado. Vivía engañada, en un mundo monotemático, siendo un clon más, sin opinión, sin ideas ni… seguramente sus sentimientos quedaron impregnando una vieja almohada, como aquel perfume con el que te acostabas cada noche, teniendo dulces sueños. ¿Qué sientes cuando nada importa? Pero… si estás muerto… ¿qué sientes cuando no tienes qué sentir? Nada de lo demás importa. Coleccionaba recuerdos colgados en la pared, enmarcados con llamativos colores, ahora polvorientos por sus pocas visitas. Arrepentida, cansada de todo y de todos, asqueada de sí misma. Demasiado harta como para querer cambiar nada. Necesita gritar; su voz no llega más lejos de las cuatro paredes de su casa, sus protestas no salen del salón. Quiere que la escuchen. Por primera vez quiere llevarle la contraria al mundo, revelarse contra sí misma, contra las personas realistas. Se ha equivocado. Ni ella misma reconoce su sombra… en lo más profundo de su conciencia lo piensa, pero no quiere reconocerlo; Admitirlo sería echar todo a perder pero… en el fondo sabe que ha sido tonta, muy tonta e inocente por querer dejar de ser una marioneta. ¿Por qué los problemas empiezan cuando empiezas a pensar por ti mismo? Mejor vivir con los ojos cerrados, hacer como te han enseñado desde pequeña: oír, ver y callar. Critica a los demás sin reconocer tus errores. A fin de cuentas, no siempre lo correcto es lo aconsejable. 

Love will tear us apart.


Tantos sueños, tantos planes, tanto tiempo soñando, ¿para qué? Para que de repente todo acabe, para que, por nuestros errores, por nuestros fallos, por nuestras niñerías, las cosas queden como antes, con nuestras vidas separadas, siguiendo caminos diferentes, como si no nos conociéramos de nada, como si esta historia nunca hubiera pasado. Y duele, duele recordar cómo pudieron haber sido las cosas y que por estar tan segura de tener algo y de que te vaya bien, y de pensar que podrás seguir igual sin él, cuando menos te lo esperes las cosas hayan cambiado y ya nada sea igual, y ahora haya quedado un pequeño vacío. Y aquellas canciones, aquellas tardes, aquellas noches hablando hasta madrugada, aquellos momentos juntos te recuerden otras épocas y te hacen sentir nostalgia, tanta tristeza y tanta alegría al mismo tiempo que te arrepientes, ¡sí! Puede ser. Puede ser que ya sea demasiado tarde para arrepentirse de lo no hecho, arrepentirse de no haber expresado sentimientos, de no haber luchado.
Pero cuando se pasan estos arrebatos vuelves a ver la realidad, consciente de lo que de verdad sientes y quieres abrirte la cabeza contra una pared.
Mierda.