Volvió a coger el vaso de Whisky con mano temblorosa.
Arrugada y temblorosa. Temblorosa por el paso de los años, por los achaques de
la edad y por algún que otro vicio inmoral y para nada oculto. Bien era
conocida su afición por el alcohol, la política, la literatura y las mujeres.
Sí, la verdad es que hasta que no pasó su juventud no decidió, como suele
decirse, asentar cabeza (aunque una vez llegado a la edad considerada adulta,
le pegaba demasiado la palabra adulterio). El mundo estaba lleno de placeres que
para nada se quería perder.
Tragó la bebida y tras un largo suspiro se quedó mirando
fijamente el contenido del vidrio. Vio los hielos flotar, a la deriva (como su
vida había navegado siempre).
Sinceramente, estaba allí por recuperar viejas costumbres,
pero también, para recapacitar. Pensar en aquel lugar era fácil, el ambiente
estaba cargado de recuerdos, melancolías y se podía oler perfectamente la
presencia del fracaso. De modo que en el lugar idóneo para dejarse llevar,
comenzó a echar la vista atrás unos
cuantos años, rememorando, día tras día, la historia de su vida.
Cierto era que nunca había sido una persona convencional, es
decir, hizo siempre lo que le dio la gana (aunque bien es cierto que hubiese
sonado mejor catalogarle como un alma libre, en realidad, era un jodido cafre
imprudente, con perdón de la utilización de adjetivos inapropiados) pero bastó
con encontrar simplemente alguien que consiguiese hacerle frente y no, no me
refiero a que recibiese la paliza que seguramente se habría merecido. Digamos
que su vida escolar resultó bastante corta, aunque desde luego, nunca se
arrepintió de ello, pues le sobraba intuición y buena maña para acabar con lo
que se planteaba.
Los nervios se le agolpaban en la
garganta como si hubiera tragado una pelota de tenis mientras se calzaba.
Aunque iba con una hora de adelanto había decidido que en aquel lugar del que
todos decían que era su hogar, no iba a conseguir relajarse.
No sabía si eran los gritos de
dolor -¿o eran de placer?- de su hermana en la habitación contigua o las
interminables discusiones del viejo matrimonio que vivía en el piso contiguo
que se oían, desgraciadamente demasiado bien, gracias a las paredes de papel
que alguna constructora corrupta había levantado.
Él sólo sabía que tenía que huir
de ese lugar lo antes posible: no estaba dispuesto a aguantar otro día
conviviendo entre porquería e inmundicia, soportando los interminables lamentos
de su padre, aunque estuvieran amortiguados por el alto volumen de la vieja
televisión en blanco y negro; ni los berridos de su madre incitándole a irse a
pedir limosna por las calles malolientes de aquel barrio donde vivían.
Finalmente se armó de valor y,
sin mirar atrás, salió del piso cerrando tras de sí la puerta para no oír los
chillidos de su hermana, con tal mala suerte que se clavó una astilla en la
mano. Mientras se chupaba el dedo con lágrimas en los ojos, salió por fin a la
calle, rumbo al parque.
¿Qué edad tenía entonces? La suficiente
para darse cuenta de su situación, la suficiente para sentir que algo no iba
bien, para rendirse a la verdad, pero no ante la vida, por la que estaba
dispuesto a luchar, a la que estaba dispuesto a cambiar. Sus inquietudes en
cuanto a la vida eran nulas, así como sus remilgos. En cambio su memoria podría
catalogarse como buena, es más, bastante buena, no en vano se acordaba de todas
y cada una de las caras que había visto desfilar por el pasillo de entrada de
su casa hasta la habitación de su hermana, a pesar de que tan solo les señalaba
con indiferencia el camino.
¿Asco? En principio no, pero en más de una ocasión había
tenido brotes de ira hacia uno de los sujetos, sin saber siquiera la razón de
ello. El dedo ya no dolía, ya no sangraba, y las lágrimas llevaban
tiempo secas en la manga de su chaqueta. Ella se arrodilló frente a él. Parecía tan frágil, tan pura…
Ya casi no se acordaba del intenso color ámbar de sus ojos, sus graciosas
pecas… Llevaba mucho sin mirarla a la cara, quién sabe si por vergüenza. Ambos
se pusieron en pie sin cruzar aún una sola palabra. Había que volver y lo sabía
por más que odiase admitirlo. Tampoco recordaba la última vez en que la barriga
propia de la niñez había desaparecido, sus curvas mucho más definidas se veían
marcadas por las estrechas costuras del vestido azul que llevaba puesto, sus
pechos eran insinuantemente atractivos, buena herencia (única buena) por parte
materna, el pelo era más largo de lo que lo recordaba y los rizos, que parecían
haberse sentido amenazados, estaban recogidos en un alto moño despeinado,
dejando su cuello totalmente descubierto. Su piel era tersa y prácticamente
transparente. Estaba muy guapa, estaba muy madura y la sentía más deseable que
nunca.Su pregunta no obtuvo respuesta, pero en lugar de insistir,
se fue a su habitación, donde por primera vez se encontraba sola. Mientras se
dirigía a ella caminando por el pasillo su hermano se quedó embobado mirándola,
mientras sentía que su virilidad se le agitaba dentro de sus pantalones, sin
motivo aparente. Sólo reaccionó con el portazo de su hermana, agitando la
cabeza ligeramente, como para desechar sus pensamientos, y con la intención de
dormir, se fue a la cama.Pronto empezaron a oírse gritos en la casa, el rumor
habitual de cada jornada que llenaba el ambiente como una tormenta. Así era
imposible dormir, así que comenzó a pensar lo que había pasado el día anterior.
El hastío que sintió ahí tumbado le hizo recordar la razón por la que se había
ido en primer lugar. Pero no se acordaba de por qué había vuelto. Entonces, un
grito orgásmico proveniente de la habitación contigua se oyó e,
instantáneamente su entrepierna se le endurecía de nuevo, sin que él pudiera
comprender nada de lo que estaba pasando.
Las personas crecen y el parque ya no le
reportaba la calma que cuando era un crío le daba. Es triste no tener a dónde ir
pero también el no echar de menos lo que se deja atrás, a pesar de llevar tan
solo unas horas deambulando por las calles.
No transcurrieron más de otras
veintisiete horas hasta que su hermana le encontró sentado en el prado del
jardín de la parte de atrás de la iglesia fumando un pitillo que había recogido
del suelo. El humo quemaba, bien era cierto, pero a su cuerpo le gustaba la
sensación de respirar un aire incluso más puro que el de su entorno.
La misma imaginación le hizo sufrir un
escalofrío por toda la columna, pero sin rendirse a los malos tragos, se pidió
otro vaso y siguió recordando con parsimonia todo aquello, recordando a su
hermana y recordando el primer sentimiento de deseo que sintió.
Cuando llegaron a casa, se fijó en que su
padre seguía en la misma posición frente a la caja boba, absorto en ella. No le
importó, estaba acostumbrado y ya no podría imaginárselo de otra manera. Su
hermana era la única que le prestaba atención de tanto en tanto, dándole
incluso algo de dinero cuando podía. Aún así no hablaban mucho, nadie en esa
casa lo hacía. Tampoco tenían por qué, la verdad, y no podían culparse entre
ellos. Sin embargo, en aquel momento su hermana le dirigió unas palabras: ‘¿Por
qué lo has hecho?’
Otro portazo le despertó de su sueño.
¿Qué hora era ya? Bah, qué más daba, total el día sería el mismo de siempre, la
misma rutina aburrida. Ni siquiera merecía la pena levantarse, así que se quedó
acostado.
Se retrasaba ya veinte minutos, pero la
verdad es que esto no le forzaba a irse, para nada, llegó un momento en el que
aprendió a convivir con los desajustes temporales, con los momentos eternos y
los efímeros, llegó un momento en que, a pesar del tiempo, lo tenía todo bajo
control y esta ocasión no era distinta. Nunca la había querido, según las
opiniones externas. Por supuesto que la quería, aunque de otra forma, es más la
necesitaba y lo sabía, por muy extraño que fuese el hecho de admitirlo, lo
sabía porque él nunca había necesito a nadie hasta entonces, porque nunca
necesitó a nadie más que a ella, de una forma u otra y ¿lo peor de todo?
Llegaba tarde…
Todos esos recuerdos, a pesar de lo
increíble de su naturaleza, nunca causaron estragos en su mente. Para él era
algo completamente normal, era lo que siempre había vivido, aunque conocía
perfectamente las leyes del decoro y la moral, que habrían vetado este
comportamiento de cualquiera de las maneras posibles. Conocedor del asco y la
crítica que suscitaría entre la gente esta anómala relación familiar, no quiso
nunca, sin embargo, hacerle frente a sus deseos y refrenar esta conducta
impropia de una persona racional y sensata. No solo él, ninguno de los dos fue
jamás capaz de señalar un stop.
Quizá por ello, a pesar del tiempo y de
todo lo que en la vida les había tocado vivir, con un retraso considerable, se
presentó en el lugar de la cita. El tiempo pasa por todas las personas, no
perdona, pero aunque las arrugas y la edad eran visibles, él seguía viendo en
ella a aquella muchacha de pelo alborotado que había sido su salvavidas. El
deseo no había desaparecido. Con paso firme, como siempre tuvo, se presentó
delante de su hermano. Sin mediar palabra, sujetándose la mirada mutuamente,
salieron del bar.
Bajo las luces de las farolas de la gran
avenida que habían de recorrer hasta llegar a casa caminaban sin mirarse, sin
tocarse aún. Las palabras no fueron necesarias una vez llegaron al piso. Quizá
porque los dos compartían el mismo asco por el mundo, por la vida, quizá porque
ninguno de los dos quería oir de boca del otro sus propios miedos, necesidades
y tragedias.
Se dejaron llevar como los dos niños que
aún sentían ser cuando estaban juntos, como aquellas criaturas que habían
encontrado el uno en el otro la excusa para soportar el hastío de una vida que
no sentían suya y que jamás les hizo sentir que merecía la pena.
Sabían que no estaba bien, por supuesto
que lo sabían, pero no se le puede quitar la morfina a un enfermo terminal,
pues es lo único que, por un tiempo le quita la idea del dolor, de la muerte,
lo único que lo aleja del mundo de los cadáveres.
Hay clases de amor que no seremos capaces
de comprender jamás si no nos encontramos en situación. Tal relación nunca tuvo
nombre y tampoco intentaron buscarle una explicación, la evasión sería
suficiente, sería lo único importante.