Se subió al tren, sin mirar atrás, plenamente consciente de
lo que abandonaba pero sin remordimientos por hacerlo. ¿Qué le quedaba ya?
Inconscientemente miró de reojo el andén, a la espera de que alguien le
detuviese, con la mínima esperanza de que una mano agarrase la suya y le
hiciese volver, darle la esperanza que necesitaba para superarlo, para no
abandonar. Por desgracia, no hubo tal gesto, ni tales palabras de ánimo, no
había nada, no había nadie que diese el paso.
Como atraído por una fuerza magnética, imposible de librar, entró. Cogió
asiento en una zona alejada. Era enorme, inacabable y estaba casi abarrotado. A
pesar de ello, se respiraba paz y tranquilidad, nadie se fijaba en quien tenía
a su lado, todos estaban absortos en su propio mundo y miraban al vacío con
añoranza pero con la mirada inerte, lúcidamente mansa, como si les hubiesen
liberado de alma y conciencia, como sintiendo por primera vez que conocían
exactamente el rumbo de su futuro, como si adivinasen su destino. Las ruedas se
pusieron en marcha. No hubo avisos de próximas paradas. No sabía donde pararía,
pero sabía que estaría lejos. En su interior palpitaba la pena. El exterior se convirtió en una homogeneidad
de áridas tierras oscuras y el cielo se tornó negro, como si hubiese anochecido
de repente. Las ruedas giraban y giraban. El mundo se movía. Aparentemente.
Todo era igual y monótono. No así lo hacían las manecillas del reloj, que
permanecían impasibles al rotar de la Tierra, que envararon en las doce y
veintisiete. No tenía miedo, se iba para no volver, se movía en una dirección
que imposibilitaba el regreso y aún así no intentó huir de ella. Cada vez se
sentía más apaciguado, su corazón ya no latía desbocadamente y el aire entraba
y salía de sus pulmones acompasada y silenciosamente, tanto, que nadie notaría
que estaba respirando. Ni siquiera él lo notaba. Se sintió repentinamente
inundado por la necesidad de recordar. Recordar sin más. Recuerdos tristes,
felices, pero sobre todo, vividos. Se vio a sí mismo reflejado en el cristal de
la ventanilla, vio su frente tersa, sus ojos apagados, su pálido rostro y una lágrima que danzó por su nariz y rodó
por su mejilla hasta caer a plomo sobre sus manos. Solo ella se rindió al
recuerdo. Solo una lágrima. Una sola gota que pesaba como toneladas y toneladas
de ellas, que cargaba con la memoria de toda una vida. Pensó y se sorprendió admitiendo que hasta los
detalles más insignificantes cobraban la importancia de los más notorios: Un
beso en el momento adecuado, el abrazo de un amigo, la comida de mamá, el
despertar junto a la persona que quieres, una casa, una mejor amiga, un
nacimiento, un “te quiero papá”, el olor a tostadas con mantequilla y chocolate
al despertar, el olor de un pijama nuevo, la sensación de frío al rozar con las
sábanas en invierno, las cosquillas, la lluvia empapándote la ropa, un regalo
en navidad, una felicitación de cumpleaños, las fotos de un viaje, un escalofrío tras un beso en el cuello, un
“te amo” susurrado, un orgasmo, un perfume, la ilusión de empezar un nuevo año
junto a tu familia… Y a dos personas que dejas solas, las dos personas más
importantes de tu vida y eso que una solo tiene tres añitos…
Y continuaría mirando por esa ventanilla, y el tiempo
continuaría inmóvil y el viaje continuaría sin llegar nunca a su fin y él
seguirá ahí, obnubilado con la mirada fija en un desolado paisaje del que sería
imposible que aflorase una ligera pizca de vida. Y su pasado será desde ahora,
por siempre, su presente, desde que no tiene posibilidad de futuro, desde que
la muerte se lo negó.
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