viernes, 18 de enero de 2013

Join the black parade.


Se subió al tren, sin mirar atrás, plenamente consciente de lo que abandonaba pero sin remordimientos por hacerlo. ¿Qué le quedaba ya? Inconscientemente miró de reojo el andén, a la espera de que alguien le detuviese, con la mínima esperanza de que una mano agarrase la suya y le hiciese volver, darle la esperanza que necesitaba para superarlo, para no abandonar. Por desgracia, no hubo tal gesto, ni tales palabras de ánimo, no había nada, no había nadie que diese el paso.  Como atraído por una fuerza magnética, imposible de librar, entró. Cogió asiento en una zona alejada. Era enorme, inacabable y estaba casi abarrotado. A pesar de ello, se respiraba paz y tranquilidad, nadie se fijaba en quien tenía a su lado, todos estaban absortos en su propio mundo y miraban al vacío con añoranza pero con la mirada inerte, lúcidamente mansa, como si les hubiesen liberado de alma y conciencia, como sintiendo por primera vez que conocían exactamente el rumbo de su futuro, como si adivinasen su destino. Las ruedas se pusieron en marcha. No hubo avisos de próximas paradas. No sabía donde pararía, pero sabía que estaría lejos. En su interior palpitaba la pena.  El exterior se convirtió en una homogeneidad de áridas tierras oscuras y el cielo se tornó negro, como si hubiese anochecido de repente. Las ruedas giraban y giraban. El mundo se movía. Aparentemente. Todo era igual y monótono. No así lo hacían las manecillas del reloj, que permanecían impasibles al rotar de la Tierra, que envararon en las doce y veintisiete. No tenía miedo, se iba para no volver, se movía en una dirección que imposibilitaba el regreso y aún así no intentó huir de ella. Cada vez se sentía más apaciguado, su corazón ya no latía desbocadamente y el aire entraba y salía de sus pulmones acompasada y silenciosamente, tanto, que nadie notaría que estaba respirando. Ni siquiera él lo notaba. Se sintió repentinamente inundado por la necesidad de recordar. Recordar sin más. Recuerdos tristes, felices, pero sobre todo, vividos. Se vio a sí mismo reflejado en el cristal de la ventanilla, vio su frente tersa, sus ojos apagados, su pálido rostro  y una lágrima que danzó por su nariz y rodó por su mejilla hasta caer a plomo sobre sus manos. Solo ella se rindió al recuerdo. Solo una lágrima. Una sola gota que pesaba como toneladas y toneladas de ellas, que cargaba con la memoria de toda una vida. Pensó  y se sorprendió admitiendo que hasta los detalles más insignificantes cobraban la importancia de los más notorios: Un beso en el momento adecuado, el abrazo de un amigo, la comida de mamá, el despertar junto a la persona que quieres, una casa, una mejor amiga, un nacimiento, un “te quiero papá”, el olor a tostadas con mantequilla y chocolate al despertar, el olor de un pijama nuevo, la sensación de frío al rozar con las sábanas en invierno, las cosquillas, la lluvia empapándote la ropa, un regalo en navidad, una felicitación de cumpleaños, las fotos de un viaje,  un escalofrío tras un beso en el cuello, un “te amo” susurrado, un orgasmo, un perfume, la ilusión de empezar un nuevo año junto a tu familia… Y a dos personas que dejas solas, las dos personas más importantes de tu vida y eso que una solo tiene tres añitos…
Y continuaría mirando por esa ventanilla, y el tiempo continuaría inmóvil y el viaje continuaría sin llegar nunca a su fin y él seguirá ahí, obnubilado con la mirada fija en un desolado paisaje del que sería imposible que aflorase una ligera pizca de vida. Y su pasado será desde ahora, por siempre, su presente, desde que no tiene posibilidad de futuro, desde que la muerte se lo negó.

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