"Todos los caminos conducen a Roma", un refrán que hemos
escuchado infinidad de veces. Nunca nada en la vida me hizo darme cuenta de la
razón que llevaban esas sabias frases de abuelita, pero con el paso del tiempo
las cosas te hacen abrir los ojos… He de decir que muchas cosas intentaron
cegarme ese tiempo, incluso yo misma fui un obstáculo, además de todas aquellas
que te pretenden y a las que haces caso, sin siquiera fijarte en las lágrimas
de rabia que se me escapan cuando te encuentro por la calle, lágrimas que a la
vez esa felicidad, esa alegría y el entusiasmo con el que corro hacia ti para
que simplemente gires la mirada, me des dos besos como se dan los amigos y me
digas “¿Qué tal? Hacía mucho que no nos veíamos…” disfrazan y me hacen parecer
una persona indiferente. La única indiferencia que siento es la tuya y lo que
más odio es que no puedo cambiarlo, que no tengo ánimo de intentarlo, que tengo
miedo, que me da auténtico pánico que esos segundos que empleas exclusivamente
en mi desaparezcan, porque esos segundos y la ilusión de caminar por las calles
y pasar por los lugares que sé que frecuentas y a los que me llevaste tantas
veces, me dejan con el corazón en un puño, con un vendaval de escalofríos y
tembleques, pero sobre todo, me dibujan una sonrisa en la cara. ¿Te das cuenta?
La mejor de mis sonrisas por solo sentir tu presencia o verte desde la
distancia. Lo he intentado de mil maneras, pero es que no puedo, no puedo
olvidarte, todo lo que hago acaba
enfocándose en ti, todos los caminos me conducen a ti aunque me plantee
evitarlos… ¡Entérate! Te quiero.
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