Solté la pluma de repente, sobresaltado por aquella brusca
desconexión con mis pensamientos. Intenté volver a encontrar el motivo que
había dibujado en mi cara una ancha sonrisa. Resoplé triste por la
desesperación que producen los intentos fallidos. Recogí la estilográfica y la
apoyé entre mis dedos pulgar y anular, haciendo que la tinta dibujase finos y
poéticos trazos sobre la hoja de papel. Volví a rebuscar en el interior de mi
mente una buena razón que justificase lo que estaba haciendo. Inútilmente
continué con movimientos lentos de muñeca, llenando la superficie con palabras
que no conseguían ganar sentido ni coherencia. En vano traté de descubrir una rima
adecuada, marcada por el ritmo de los
latidos que mi corazón emitía cada vez
que su imagen viajaba de un lado a otro de mi cabeza. No sé si por falta de
inspiración solo se repetía la misma frase:”te echo de menos”. Quizá era yo
quien me impedía encontrar las palabras adecuadas. Quizá era yo el tonto que
buscaba excusas para no ponerle un punto y final. Quizá era yo el que no quería
admitir que por muchas cosas bonitas que cantase o recitase e intentase
escribir con ellas un final feliz, nada cambiaría; A fin de cuentas por muchas
perdices que comiesen la princesa y el príncipe, todo cuento tarde o temprano
se acaba. Miré para una de las paredes azules de la rectangular habitación en
la que me encontraba. ¿Quién es el loco que no es capaz de admitir su derrota?
Aquel espejo me envió la respuesta, como si fuese capaz de entender todos mis
conflictos interiores. Contemplé atónito la imagen que éste me devolvió. Miré
su tez pálida, sus largos cabellos color miel, su cuello color marfil y sus
finos labios rosados, ahora sellados, que te invitaban a ser infiel a tus principios
y a perder el sentido y el orgullo. Desvié la mirada sabiendo que volvería a
caer como el adicto que fui a sus besos. Aquellas pupilas se clavaron es las
mías. Resignado me aparté de esa perfecta visión, volviendo a la realidad y
sintiendo vergüenza del verdadero reflejo. Solo los cobardes se aferran con
todas sus fuerzas a lo que han perdido, intentando convencerse a ellos mismos
de que todo es mentira, tan solo un mal sueño y por tanto irreal, pasajero.
Cogí mi cuaderno y lo guardé bajo mi brazo. Salí al exterior a disfrutar de los
pocos minutos en los que, podría decirse,
gozaba de cordura. Me encantaba recorrer
en silencio la playa que se extendía dos kilómetros desde la iglesia donde, a
pesar del tiempo transcurrido, las campanas seguían sonando. Su repiqueteo
hacía eco en mis tímpanos una y otra vez. Sentado en la arena revisé
minuciosamente página por página hasta acabar todos los folios escritos. Solté
una sonora carcajada. Qué ignorancia, qué egoísmo y qué deseos tan necios e
infantiles. Rodé hasta quedarme boca arriba. Situé mis manos tras la cabeza y
cerré los ojos mientras la luz del sol teñía el cielo de colores rojizos y
naranjas incandescentes. Solo sentí el sonido de las pisadas aproximándose, un
sonido tan familiar y cercano… Aquel que tantas veces había escuchado cuando segundos
después me estrechaba entre sus brazos y yo fingía sorpresa.
-¿Puedo sentarme contigo?
-Adelante- respondí aún sumergido en mi oscuridad
-Mírame
-No
-Hazlo
Levanté la cabeza y me senté, imitando su postura. Tenía la
libreta en su poder y me miraba con cara totalmente inexpresiva. Me encogí de
hombros, acobardado y me lancé a sus brazos. Me sorprendí a mí mismo con una
lágrima recorriéndome las mejillas. Acto seguido comencé a llorar
desconsoladamente. Ella me acariciaba, calmándome como a un cachorro indefenso.
-Le encantaban…
-Lo sé
-No es justo
-También lo sé
-Nunca, nunca más
-No, siempre estará ahí, junto a ti
-No podré abrazarla
-Tienes el recuerdo…
-Los recuerdos se olvidan
-Los niños tienen buena memoria
-Creceré
-Inténtalo
-¿Por qué?
-Porque la querías
-La quiero. Lo era todo pero ahora ya nada se puede hacer
para que vuelva…
-Lo más difícil de olvidar es un recuerdo feliz
-Pero yo no quiero olvidar…
Regresé cabizbajo y volví a sentarme en aquella silla de
madera, entre aquellas paredes azules de la habitación rectangular, con mi
pluma entre los dedos pulgar y anular, redactando palabras sin sentido pero a
la vez ciertas.
-Solo hay un amor hasta la muerte
Centré mi atención en el espejo, admirándola y sus labios se
despegaron
-… el último
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