viernes, 18 de enero de 2013

Hide till memories fade away.


Y se fue por aquel tortuoso camino de losas rotas y plantas silvestres, salvajes y dulces a la vez, delicadas, libres… Era difícil no tropezar con los obstáculos que se presentaban por el angosto camino pero… el dolor físico de una caída no le importaba, habría cambiado miles de golpes, de caídas y de moratones por quitarse una mínima parte del dolor que sentía, un dolor más importante, dañino y peligroso que el que te puede afligir una pelea, el dolor de un corazón roto, de una esperanza desesperanzada, cansada de luchar por lo mismo y no lograr nada… El cuerpo acaba rechazando automáticamente aquello que nos afecta en exceso, pero siempre quedan las mentes masoquistas, sádicas o simplemente perseverantes… Cualquier tentativa de dejar de intentarlo había resultado inútil, la cabezonería esta vez le había venido de perlas pero cuando nada te motiva y todas esas teorías sobre las que construyes un sueño por imposible que parezca, se derrumban, como una castillo de arena atacado por una ola, acabas con el síntoma típico del desengaño: alergia a la oportunidad de amar. ¿Dónde había quedado el mito de la mente femenina, compleja y retorcida?
Pasito a paso llegó al lugar donde solía ir para desconectar cada vez que lo necesitaba. Hacía mucho que no necesitaba eso porque hacía mucho tiempo que no sentía la necesidad de llorar, sin más, llorar para despejar los miedos, como si cada lágrima contuviese malos pensamientos que se esfuman, salen de nuestro interior para limpiar nuestros sentimientos. Preocupaciones que se desvaneces, se evaporan… eso son las lágrimas.
Jamás había llorado por nadie, ni siquiera por auto compasión y la sensación que ahora la invadía por estar derramando tanta tristeza, la sobrecogía, era una sensación nueva, extraña, rara, tan humana, tan… frágil…
Se elevó ligeramente y se dejó caer boca arriba sobre aquella trenza de esparto, aquella basta cuna que se balanceaba con un ritmo lento y relajante. El viento colaboraba en impulsar el columpio, haciendo que se meciese suavemente, meciendo su alma, tranquilizando la tempestad de ideas que aparecían cada poco en su mente, aquel bombardeo de posibles explicaciones a lo que ocurría.
Al cabo de unos minutos se rindió al melódico vaivén de aquel montaje. Se dejó llevar y así la imitaron sus ideas que, por un momento, viajaron con el viento, lejos, pareciendo insignificantes. Aunque sabía que volverían, se dejó inundar por una tranquilidad que, aunque breve, resultó totalmente necesaria.
Parece triste que necesitase algo tan negativo para aprender a encontrar la calma que su cerebro necesitaba. ¿Solo las cosas malas la harían aprender?
Y esa misma pregunta sigue rebotando día tras día no solo en su cabeza, sino en la de todos nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario