Y se fue por aquel tortuoso camino de losas rotas y plantas
silvestres, salvajes y dulces a la vez, delicadas, libres… Era difícil no
tropezar con los obstáculos que se presentaban por el angosto camino pero… el
dolor físico de una caída no le importaba, habría cambiado miles de golpes, de
caídas y de moratones por quitarse una mínima parte del dolor que sentía, un
dolor más importante, dañino y peligroso que el que te puede afligir una pelea,
el dolor de un corazón roto, de una esperanza desesperanzada, cansada de luchar
por lo mismo y no lograr nada… El cuerpo acaba rechazando automáticamente aquello
que nos afecta en exceso, pero siempre quedan las mentes masoquistas, sádicas o
simplemente perseverantes… Cualquier tentativa de dejar de intentarlo había resultado
inútil, la cabezonería esta vez le había venido de perlas pero cuando nada te
motiva y todas esas teorías sobre las que construyes un sueño por imposible que
parezca, se derrumban, como una castillo de arena atacado por una ola, acabas
con el síntoma típico del desengaño: alergia a la oportunidad de amar. ¿Dónde
había quedado el mito de la mente femenina, compleja y retorcida?
Pasito a paso llegó al lugar donde solía ir para desconectar
cada vez que lo necesitaba. Hacía mucho que no necesitaba eso porque hacía
mucho tiempo que no sentía la necesidad de llorar, sin más, llorar para
despejar los miedos, como si cada lágrima contuviese malos pensamientos que se
esfuman, salen de nuestro interior para limpiar nuestros sentimientos.
Preocupaciones que se desvaneces, se evaporan… eso son las lágrimas.
Jamás había llorado por nadie, ni siquiera por auto compasión
y la sensación que ahora la invadía por estar derramando tanta tristeza, la
sobrecogía, era una sensación nueva, extraña, rara, tan humana, tan… frágil…
Se elevó ligeramente y se dejó caer boca arriba sobre
aquella trenza de esparto, aquella basta cuna que se balanceaba con un ritmo
lento y relajante. El viento colaboraba en impulsar el columpio, haciendo que
se meciese suavemente, meciendo su alma, tranquilizando la tempestad de ideas
que aparecían cada poco en su mente, aquel bombardeo de posibles explicaciones
a lo que ocurría.
Al cabo de unos minutos se rindió al melódico vaivén de
aquel montaje. Se dejó llevar y así la imitaron sus ideas que, por un momento,
viajaron con el viento, lejos, pareciendo insignificantes. Aunque sabía que
volverían, se dejó inundar por una tranquilidad que, aunque breve, resultó
totalmente necesaria.
Parece triste que necesitase algo tan negativo para aprender
a encontrar la calma que su cerebro necesitaba. ¿Solo las cosas malas la harían
aprender?
Y esa misma pregunta sigue rebotando día tras día no solo en
su cabeza, sino en la de todos nosotros.
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