Es extraño cuando te pones a pensar, a recordar momentos de
tu vida, cuando un día cualquiera decides hacer un viaje hacia ese tiempo en el
que creías en que ésto no existía para ti, cuando simplemente se detenía o por
desgracia transcurría demasiado deprisa,
una palabra caprichosa. Recapitulas, intentas comprender, asimilar por qué una
sola persona puede cambiarte, tener el poder de manipular las cosas para
alterar tus sentimientos. ¿Cómo puedes dejarte llevar por las palabras? ¿Por
qué antes parecía tan fácil el no pensar, hacer las cosas sin temor a que
saliesen mal y ahora es imposible pensar con el corazón? Seguro que algo había…
sí, algo había, había…
Caminaba distraída por la calle, sin prestar atención a las
cosas que sucedían a mi alrededor, con la mirada perdida, sin mirar en ninguna
dirección concreta pero viendo a todas las personas que me rozaban con sus
chaquetas y chubasqueros húmedos. Había comenzado a llover. Ni siquiera me
había dado cuenta de ello y la verdad, no me importaba mojarme. A veces el
sonido de las gotas de agua al golpearme las mangas de la sudadera me ayudaba a
desconectar, tenían un significado un tanto especial para mí.
Con pasos rápidos llegué hasta una bocacalle y salí a un
parque. Todo estaba solitario y las hojas secas del otoño rodaban en ruidosas
carreras hasta alcanzar las alcantarillas, produciendo crujidos nerviosos.
Atravesé la pista de fútbol, pisando los charcos que me obstaculizaban el
camino. Me dejé caer sobre un viejo columpio, con cadenas oxidadas. Me balanceé
con lentitud, exasperante lentitud. El viento despeinó mi melena y lanzó una
lágrima al vacío, una lágrima helada, que produjo ondas al caer.
¿Y ahora por qué estaba llorando? Los llantos más dolorosos
son los que no tienen significado, llorar por llorar, llorar por alguien,
llorar para compadecerte de ti mismo.
Posé los pies en el suelo, en tierra firme, frenando
súbitamente. No, no, no. Una silueta se dibujaba unos metros más allá pero la
luz de la farola estaba estropeada, parpadeaba. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad.
Quería correr, alejarme, ¡no quería que se acercara! Pero si lo hacía, estaría
corroborando lo que no quería aceptar. Nunca lo admitiré, ¡nunca! Con el
orgullo no se llega a ninguna parte pero es el único escudo contra lo que te
pueda hacer daño y yo ya había bajado la retaguardia… Sí, mis temores se
confirmaron. Me llevé la mano a los ojos, secándome con un pañuelo el rostro y
fingí una sonrisa, aún así, triste.
-Hola
-Hola
Se produjo un silencio. Para mí no era incómodo, me gustaba
el silencio… Pero por primera vez me sentí nerviosa, deseaba escuchar algo más
de su boca. Habla.
- ¿Qué tal? –me preguntó mirándome a los ojos, ruborizándose
un poco por debajo de los pómulos.
- ¿Tú qué opinas sobre mi estado de ánimo?
Agachó la cabeza, acongojado, mirando para sus pies.
Cobarde. Sabía perfectamente lo que me pasaba, lo sabía, ¿cómo no lo podía
saber si era el causante? Parecía decidido a guardarse su opinión, no sabía
decir las cosas a la cara.
-Quiero hablar contigo
Alzó finalmente la vista, poseído por una creciente
valentía. Me puse en pie.
-Te escucho
-Sabes que nunca fui bueno en esto de expresar con palabras
mis pensamientos –tomó una gran bocanada de aire y continuó- No sé decir las
cosas sin dar rodeos pero creo que esta vez los rodeos solo empeorarán las
cosas, si es que se pueden empeorar, de modo que…
Hizo una pausa dramática. Quería gritar. ¡Dímelo! Esos
segundos fueron eternos. No, no podía ser, otra vez ese reloj estropeado. ¿Por
qué iba más despacio en los momentos más importantes?
-Lo siento
Me quedé paralizada, nunca le había escuchado emplear esa
palabra, un término inexistente en su vocabulario: perdón. ¿Por qué sabía cómo
romper todos mis esquemas? ¿Por qué tanta vulnerabilidad? Notó mi reacción. Su
cara permanecía tan inexpresiva como antes. Intenté contestar, solo balbuceé.
- Yo no lo siento- le contesté con mi tono irónico aprendido
y practicado durante años.
Instantes después un escalofrío me recorrió el cuerpo,
contrastando con el calor que sentía ahora, el calor de su cuerpo. ¿Llorar o
reír? ¿Permanecer o salir corriendo? ¿Por qué tantas dudas? Él mismo hacía que
mi sentido común fallase pero a la vez me reparaba, eliminaba todas y cada una de mis
preocupaciones. Simplemente dejé que mis párpados se cerraran y sus brazos me
estrechasen, reduciendo el espacio existente entre nosotros. Se habían vuelto
necesarios en mi vida esos momentos. Tiempo, detente.
-Te amo –me susurró al oído
-El amor no existe
- Sí existe
-No, no puedes querer a una persona para siempre,
incondicionalmente y sin ninguna duda. Solo pocas personas pueden disfrutar de
ello en la vida, hay pocas ediciones disponibles.
-Pero yo no puedo sacarte de mi mente
- Eso es una obsesión
-Si el amor no existe, yo lo inventaré para ti.
Agachó levemente la cabeza hasta quedar a la altura de la mía.
En ese momento sonríes, sacas las manos de los bolsos de la
chaqueta para rozarte los labios. Qué más dan las razones, ¿acaso en aquel
momento te importaron?
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